Como si una bomba hubiera impactado en pleno pelotón. En seco. Sin aviso de las alarmas antiaéreas. ¡Booooom! Ciclistas despedidos a la cuneta. Corredores sentados como Astarloza, que negaba con la cabeza, que no quería mirar su codo roto, que ya se sabía fuera del Tour. O como Danielson, Vigano y Poels, a rastras hacia la ambulancia y la retirada. O como Txurruka. Maldición. Otra vez la clavícula. El mismo hueso que le había echado en dos ocasiones de esta carrera. O como Verdugo, con la catalina de la bicicleta de otro ciclista clavada en la tibia. Tremendo corte. Diez centímetros que manan sangre. Dolor. Valverde, al menos, saldrá hoy. Perdió dos minutos y parte de sus opciones de podio, pero sobrevivió a la masacre. «Íbamos a ochenta por hora. Me duele todo», repetía. A recuperarse para la próxima batalla, la de hoy en el primer final en alto. Solo cojeaba. Tuvo más fortuna que Astarloza, Verdugo y Txurruka. Los tres de Euskaltel acabaron en ambulancia. El Tour era una hospital de campaña.
La última etapa llana resultó dañina. «Me he pegado dos hostias buenas», recontaba Valverde en la meta. Se tocaba la cadera derecha, vapuleada. No se cayó en el multitudinario tropezón que estremeció el Tour a 25 kilómetros de la meta. «He puesto pie a tierra y he librado, pero por detrás me han embestido», contó el ciclista del Movistar. Todos sus compañeros de equipo tocaron suelo. Ráfaga. La bomba les pegó de lleno. A ellos y a muchos más: Frank Schleck, con un golpe en el pecho, Scarponi, Brajkovic y Vanendert también perdieron dos minutos y nueve segundos. Gesink, tres y medio. Vinokourov y Hesjedal, el ganador del Giro, más de trece. Freire, víctima de una explosión anterior (en el kilómetro 35) también marchó al hospital. Temía tener una costilla astillada. «Es que aquí hay mucho loco», se quejó Valverde. Llueven bombas. El Tour es la guerra.
Y también la carrera que se ha acostumbrado ya a ver ganar a un recién llegado: Peter Sagan. Sin Cavendish, que se había quedado cortado, la victoria en Metz parecía cosa de Greipel. El alemán. Metz, que hoy es Francia, ha sido mucho tiempo Alemania. Era un lugar ideal para él. Y para Sagan, que gana de todas las maneras. Ayer, al sprint. Puro. Lo tuvo todo: coraje para pelear la posición, habilidad para sortear sin gregarios el zigzag y piernas de sobra para remontar al coloso germano. Al entrar abrió la boca, casi la desencajó. Ogro voraz. Lo traga todo. Sagan, de nombre 'Tourminator', es feliz en esta guerra. Niño de trinchera. Tan feliz que quiere más: «Ahora sólo me falta ganar una etapa de montaña». Advertidos quedan los candidatos al podio final, que ayer bastante tuvieron con huir de las bombas. Evans, Wiggins, Samuel, Van den Broeck, Nibali y Menchov salieron sin un rasguño. Para ellos, ayer eso valía más que ganar la etapa.
Nervios en el pelotón
En Verdún, cerca de la meta de Metz, levantaron un campanario que de noche lanza una luz sobre los campos de batalla de la I Guerra Mundial. Le llaman 'La Linterna de los muertos'. Bajo la tierra descansan los huesos de tantos caídos, barro de cadáveres. Ayer, el Tour fue una carnicería. Había una mina explosiva a 25 kilómetros de Metz. Era el momento de los nervios, cuando todos los directores azuzan a sus líderes para ocupar la cabeza de grupo. No caben tantos. La tensión cargó de pólvora ese tramo de falso llano en descenso. A 75 kilómetros por hora. «Nos falta carretera», resumió Zubeldia, que se libró de la detonación.
El impacto fue delante, tras un bandazo, justo a la espalda de Egoi Martínez, la batería antiaérea de Samuel Sánchez. «No me ha pillado. La he oído justo a mi espalda. Y, a la velocidad que íbamos, ya sabía que iba a hacer daño», relató el navarro del Euskaltel. Mucho daño. La metralla alcanzó a tres de sus compañeros. Astarloza se quedó allí, en tierra. Verdugo y Txurruka se arrastraron hasta la trinchera, hasta la meta. «Creo que estoy fuera del Tour», sollozaba Txurruka al cruzar la pancarta con un brazo inútil. El Tour le rompe siempre la clavícula. «Me las he dado todas», maldecía Verdugo. Golpe sobre golpe. Lágrimas por el esfuerzo de tantos meses roto como un hueso. Verdugo no podía ni andar. A él y a Txurruka los llevaron al hospital. «No creo que puedan seguir», asumió Gerrikagoitia.
En el hospital seguía la carrera: allí estaban los retirados, los caídos Astarloza, Damielson, Vigano y Poels, y también los heridos, Rolland, Peraud, Gesink, Schleck, Freire... Cura hasta el anochecer. Hasta que cerca de allí 'La linterna de los muertos' empieza a girar sobre la campiña que cubre las trincheras de Verdún.