Dolores de espalda, de cabeza, de huesos o el más horrible de todos, el de trigémino. En torno al 23% de la población sufre dolor crónico, aquel incurable que invalida a sus víctimas y que solo pueden aspirar a paliar. Aquí entran en escena unidades del Dolor como la del Complejo Hospitalario de Albacete, cuya misión es hacer lo imposible para devolver las ganas de vivir a unos enfermos que llegan agotados física y psicológicamente, después de haber probado todo sin éxito. Cada día ven una media de cuatro nuevos pacientes y anualmente merman el dolor de más de dos mil albaceteños. Aquí no hay milagros, pero sí técnicas cada vez más novedosas que dan esperanzas a casos que, como el de Juan, se daban por perdidos.
Este albaceteño de 39 años empezó su calvario en 1999. Fue en el siglo XX cuando entró por primera vez en el quirófano para operarse de una hernia de disco. La intervención fue un éxito, pero con el paso de los años y seguramente a causa de una grave caída, a los dos años, el dolor era insufrible, presentaba fibrosis y ciática crónica.
Entró hasta tres veces en el quirófano y en 2003, finalmente, llegó a la Unidad del Dolor. Cuando la profesión de encofrador te garantizaba ingresos de vértigo, Juan se tuvo que conformar con una incapacidad permanente para su oficio, pero lo peor era que no encontraba alivio para un intenso dolor que le bajaba por la pierna y le obligaba, cuando podía caminar, a cojear. No había analgésico que le aliviara lo suficiente como para retomar una vida normal.
Candidatos
Finalmente, el equipo del doctor Martín Arcas Molina, anestesiólogo y facultativo de la Unidad del Dolor, decidió iniciar los trámites para que este albaceteño fuera candidato a la terapia de neuroestimulación. Esta técnica, indicada para un porcentaje muy concreto de pacientes, consiste en estimular la médula espinal con impulsos eléctricos. Para ello, se implanta en el paciente un aparato muy parecido a un marcapasos que logra bloquear la transmisión de la señal del dolor antes de que ésta llegue al cerebro.
La causa del dolor sigue ahí, en este caso en la espalda, pero se 'engaña' al cerebro para que el paciente no sufra las consecuencias de la lesión. Se trata de un procedimiento de alto coste económico y que no está indicado ni para todos los pacientes ni en todas las patologías, de ahí que los anestesistas tengan que regirse por unos «estrictos» criterios de selección.
De hecho, el doctor Martín Arcas recordaba que los últimos seis años se han realizado nueve implantes de electrodos, tres para el síndrome de cirugía fallida de espalda, cinco para dolor de angina intratable, dos para síndrome de dolor regional complejo y uno para una lesión de nervios intercostales. En cualquiera de los casos, es fundamental encontrar garantías de éxito, de ahí que entre los informes favorables sea imprescindible el del psicólogo. Eso sí, hay que tener en cuenta que la inversión se amortiza en menos de tres años. Y es que los candidatos son pacientes que, de no haberse sometido a la estimulación eléctrica medular, seguirían sometiéndose a otros tratamientos e intervenciones para paliar el dolor.
Esta estimulación eléctrica, según explicó el doctor Martín Arcas, está indicada principalmente en el dolor crónico neuropático, es decir, «aquel causado por daños al sistema nervioso. También está indicada en cuadros de dolor crónico de difícil control, como el dolor regional complejo, en casos muy específicos de isquemia de las extremidades y en ciertos casos de angina de pecho».
En el caso de Juan, la causa del dolor era el síndrome de cirugía fallida de espalda, una auténtica epidemia en los países desarrollados que representa un alto coste para la sociedad, debido a «los gastos médicos, incapacidades, pérdida de la actividad laboral y el sufrimiento que padece el paciente».
En este último caso de estimulación se han implicado tanto los anestesistas de la Unidad del Dolor como los neurocirujanos y los traumatólogos de columna, ya que los tres son necesarios para implantar, en una operación con anestesia local, el citado estimulador. También ha sido imprescindible el visto bueno de los psicólogos. Así, se trata, según explicaba el doctor Martín Arcas, de un procedimiento quirúrgico «mínimamente invasivo que se realiza en dos tiempos».
Primero se implanta el electrodo, un cable en la columna, y pasados diez días, si el dolor ha remitido en más de un 50%, como fue el caso de Juan, se vuelve a intervenir para conectar el electrodo a un generador interno -parecido a un marcapasos- que se deja bajo la piel del paciente. Al final, es el propio enfermo quien, con un mando a distancia, controla el encendido y apagado del dispositivo así como la intensidad de las pequeñas descargas. Eso sí, hay que tener en cuenta que el 40% de los enfermos no sobrepasa el periodo de prueba.
Se trata de una alianza entre la medicina y las nuevas tecnologías que, en el caso de Juan, le ha devuelto la vida. De momento, cinco días después de la segunda intervención, había olvidado del dolor intento y ya no cojeaba.