En la Introducción del libro 'Apuntes para una Historia del Arte de Albacete' (2006), de Luis G. García-Saúco Beléndez, se dicen verdades como las siguientes: «De cuantas capitales de provincia hay en España o ciudades más o menos equivalentes en población, ninguna ofrece en la actualidad tal escasez de patrimonio artístico como Albacete. Es lamentable para un albaceteño tener que hacer esta afirmación pero es nuestra realidad». «Lo que ha ocurrido es que en una ciudad no demasiado rica en estos campos [de las obras de arte y de los edificios notables por su historia o arquitectura] han incidido la desidia, la incultura, la especulación del suelo y, en consecuencia, la destrucción y desaparición de cientos de obras de arte, más que en ningún otro sitio. Así donde no había abundancia actúa la extrema destrucción y la consecuencia es la realidad actual».
Los ciudadanos, impasibles o resignados, hemos visto desaparecer en el siglo XX el palacio de Pinohermoso en la esquina de la calle Ancha con la plaza del Altozano, después sustituído por el antiguo Banco Central y luego reemplazado por otra entidad bancaria; la casa de 'Don Canciano' en la plaza de Gabriel Lodares, la prestancia de las calles Marqués de Molins y Tesifonte Gallego, con una misma altura de cornisa y con edificios que nada tenían que envidiar a los del barrio de Salamanca de Madrid, o los hermosos chalets del Paseo de Simón Abril y un largo etcétera que da tristeza y vergüenza recordar.
De milagro se salvó de la voraz piqueta la Posada del Rosario e incorporó a una de sus fachadas la del también demolido palacio de los condes de Villaleal, conocido como 'Casa de los Picos'.
Esta Posada cervantina, lo mismo que el emblemático Teatro Circo, fueron adquiridos, en su día, de manos privadas por Corporaciones municipales democráticas para conservarlos, protegerlos y destinarlos al uso público.
Lo contrario pretende hacerse ahora con la Casa Perona, privatizar un bien que, con esfuerzo, pasó hace pocos años al patrimonio público de la Junta de Comunidades para establecer en ella la Oficina del Defensor del Pueblo de Castilla-La Mancha, recién suprimida. ¿Volveremos a silenciar, de nuevo impasibles y resignados, la posible enajenación mediante subasta de un edificio superviviente de nuestra mejor arquitectura y testigo de nuestra historia?
La Casa Perona, cuyo nombre correcto es el de 'Casa de los Fernández-Cantos', es un palacete rococó de finales del siglo XVIII que, junto con la Catedral, Centro Cultural de la Asunción, la Feria y la Posada del Rosario, son los únicos edificios de nuestra ciudad que tienen más de dos siglos. A su valor arquitectónico une el histórico de haber albergado en 1812 al rey José Bonaparte, cuando iba de Madrid a Valencia en su huida de España, y a la reina Isabel II en 1862, poco antes de concederle a Albacete el título de Ciudad. Incluso sus paredes esconden la anécdota de que parece ser que, en ella, el valenciano Manuel Gago dibujó los primeros números del entrañable tebeo 'El Guerrero del Antifaz'.
La situación de crisis económica no justifica, en nuestra opinión, la venta de la Casa Perona, por el doble motivo de que la Administración regional tiene en Albacete otros inmuebles cuya enajenación podría realizarse sin afectar a la sensibilidad histórica de nuestra ciudad, y por la circunstancia de que, teniendo en cuenta los malos tiempos que corren para la lírica y para las transacciones inmobiliarias, la subasta de esta Casa posiblemente sería al día de hoy un mal negocio, al no permitir ni siquiera recuperar la inversión pública hecha hace pocos años para su adquisición y restauración.
No es que Albacete no tenga historia, como dijo Rodrigo Amador de los Ríos, es que sus testimonios los hemos ido tirando por la ventana. Las Administraciones actuales deben tener la sensibilidad suficiente para que esto no vuelva a suceder.