Cualquier parecido de esta fiesta vieja y pelleja con ciertos sucesos políticos y de otra índole recientes, es pura coincidencia. Pero es cierto que en la vida alrededor hay cada vez más antruejos y que existe un permanente espectáculo de máscaras y chirigotas en escenarios cuya condición debería mantener su irreprochable rigor original, que está siendo desvirtuado de forma lamentable.
En cuanto al Carnaval propiamente dicho ya hemos conocido el cartel premiado en el concurso y ayer tuvimos información sobre su desarrollo en las fechas de costumbre, para devolvernos las imágenes tradicionales. El personal que quiera escapar del acoso -y derribo- a su bienestar, será quien marque la pauta de la diversión entre el pregón del actor Juan Manuel Cifuentes, los disfraces, las murgas y el desfile callejero. Últimamente, el programa adoptó en casi todas partes las chirigotas, a la manera gaditana, y en ese juego de crítica social y caricaturas estarán los grupos participantes en el Auditorio. El Entierro de la Sardina nos dejará las cenizas, la huella de un festejo alegre, desinhibido y colorista cuya esencial incidencia es el ruido, esta vez tolerable y hasta indispensable, no como el habitual, cuya lucha para su extinción es un fracaso. Los ayuntamientos responsables no aciertan con la forma de eliminar esta molestísima plaga urbana, aunque en muchas provincias existen organizaciones entusiastas y hasta disponen de un mapa sónico que localiza los lugares de mayor incidencia, objetivo de su frustrada eliminación. Ni por esas.
Es verdad, como creen algunos, que el Carnaval ha perdido lo que justificó su origen, la transgresión y la crueldad y ahora es doméstico y hasta donde es posible, familiar. La fiesta popular se las tenía tiesas a la autoridad y de ahí le venían históricamente los problemas, surgiendo ordenanzas, bandos, pragmáticas, decretos, multas y prohibiciones cuando la gente, en un desahogo casi infantil, se arrojaba naranjas y harina, las coplas cantaban obscenidades y una de sus más curiosas tendencias era ponerse vestiduras eclesiásticas y militares, que sacaba de quicio a los alcaldes, digo eso de ver a falsos obispos y generales haciendo piruetas en los desfiles, entre las comparsas y las charangas. Hubo edictos en alguna época muy rigurosos, cuando el antifaz sólo podía llevarse de día y no dejaban exhibir medallas, báculos y condecoraciones. En el XIX lo controlaban todo en la calle mientras que los casinos y los círculos organizaban bailes de disfraces muy elegantes, pero sin antifaz. Tras la guerra civil, los carnavales desaparecieron oficialmente, pero numerosos pueblos -también en Albacete-mantenían su tradición aunque con irritantes restricciones; en el ocaso del franquismo la presión fue aflojándose paulatinamente hasta que volvieron a ser públicos con apenas interferencias, al contrario, con el apoyo oficial. El día que la samba irrumpió en las esquinas, bailada por supuestas brasileñas que luchaban en biquini contra el frío protegiendo de algún modo sus piernas con mallas llenas de agujeros, el impúdico carnaval recuperó cierta vistosidad. La democracia no sólo eliminó las barreras existentes sino que asumió la organización festiva. Ahora hay un patrocinio público inevitable, las comisiones de festejos se encargan de su montaje y pagan los gastos desde el cartel anunciador a la última función, estimulando con premios aspectos de la participación. Santa Cruz de Tenerife y Cádiz, únicos carnavales declarados de interés internacional en España, rivalizan en espectacularidad y proyección popular y preparan ya sus programas, como el resto de poblaciones que mantienen la tradición en nuestras regiones, algunas muy famosas. En la provincia, Villarrobledo, La Roda y Tarazona de La Mancha celebran los más antiguos de la región, con carnes tolendas que datan del XVI, incluidas ordenanzas y sanciones. El primero está declarado de Interés Turístico Nacional y los demás Regional.