Las ciudades bellas no surgen por casualidad, sino como resultado de planeamientos urbanístico serios y racionales, desarrollados de generación en generación por sus propios habitantes a través del tiempo y sus representantes políticos.
Si hay alguien en Albacete que carezca de la mínima autoridad moral para formular cualquier acción reivindicativa que tenga relación con nuestro patrimonio arquitectónico o urbanístico, son, sin excluir a ninguno, nuestros alcaldes, que en vez de meterse en un agujero, se permiten salir a la palestra con un manifiesto a propósito de la subasta de la Casa Perona. Todos ellos, sin excepción, comparten la gloriosa responsabilidad política del mejunje que tenemos por ciudad, por su acción directa o por su consentimiento o sometimiento continuado a los excesivos poderes otorgados a urbanistas y promotores inmobiliarios a lo largo de los años, a la voluntad y el pelotazo urbanístico del ladrillero de turno, al margen de cualquier criterio riguroso de responsabilidad social. La ciudad es lo que los alcaldes han hecho o han permitido hacer.
Quede claro que los alcaldes tampoco surgen por generación espontánea. Los alcaldes somos nosotros mismos, nuestros padres, nuestros hijos y nuestros vecinos, que hacen exactamente lo que todos queremos o permitimos que hagan. Tenemos todos, los alcaldes y nosotros, la ciudad que queremos y merecemos.
Lejos de conseguir un desarrollo urbano de calidad en el que primaran los criterios de cohesión social, habitabilidad, respeto al entorno, accesibilidad, conservación y recuperación del patrimonio edificado, la ciudad no ha sabido mantener un crecimiento urbano cualificado, respetuoso con el patrimonio arquitectónico y equilibrado en la generación de los nuevos barrios.
En Albacete se han erigido auténticos mausoleos que, sin respetar estilos y formas, se han apartado terriblemente de lo anterior. Se han trazado calles y barrios absurdos y eliminado edificios de una riqueza histórica y arquitectónica digna de mimo, limpieza y restauración, destruyendo así, no sólo la presencia física de tal o cual edificio, sino todo símbolo de identidad y testimonio de nuestro pasado y nuestra cultura, prefiriendo la pala al restaurador, el bloque sin personalidad al bello edificio remodelado. Nada queda de la posada de la Estrella, de la portada plateresca de la calle Martínez Villena, el palacio renacentista de la calle del Rosario, la Casa de los Picos, la Casa de la Marquesa, el magnífico palacio rococó de la calle Mayor, la Casa Lonja, la Rotonda, el Teatro Cervantes, la Casa Noguera, la Casa de Montortal, el Banco Central.
¡A buenas horas, mangas verdes!, alcaldes. Aunque podría suscribir desde aquí el contenido de vuestro manifiesto, hace tiempo que se me hizo un callo en la parcela emotiva del sentimiento afectivo que tenía reservado a mi ciudad. Las cuestiones urbanísticas han dejado de afectarme e indignarme como antaño. Podéis proponer para la Casa Perona lo que os plazca, como demolerla para hacer grilleras. De lujo, eso sí, con jacuzzi y todo eso. Hortera, si es posible, y un bar de copas en la planta baja. Y que no falte el 'caravista'.