Nos hemos quedado perplejos los ciudadanos defensores de la separación de la iglesia y el Estado de que la Iglesia osara criticar la elección de Soraya Sáenz de Santamaría como pregonera de la Semana Santa de Valladolid. La vicepresidenta, que se casó por lo civil en una ceremonia privada en Brasil en 2006, el pasado 16 de enero fue designada por el Ayuntamiento de la ciudad, que le guste o no a la Iglesia es a quien corresponde la decisión. Sin embargo la influencia de la Iglesia se ha puesto de manifiesto de nuevo, por más que nuestro país sea aconfesional, porque a las pocas horas de que el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, hubiera considerado inadecuado que una persona casada por lo civil fuera la pregonera, ya la Iglesia había conseguido que a partir de ahora se le consultara la persona que había elegido el Ayuntamiento para ser pregonero o pregonera, no fuera que su comportamiento no respondiera a lo que de ella espera la Iglesia o no fuera del agrado de un monseñor u otro. Es decir, que no fuera digna de aparecer en el balcón del Ayuntamiento o en el púlpito a declamar su discurso. Y es que es así como se consigue el poder, poco a poco, un día eligiendo el pregonero, otro día haciendo obligatorio el matrimonio eclesiástico, otro día reclamando el derecho a decidir quién es y quién no es buen ciudadano. En fin… poco a poco, que de todo veremos en la viña del Señor.
Pero me pregunto, ¿por qué cuando el Príncipe decidió casarse con Letizia no salió la Iglesia diciendo que no le parecía procedente ni adecuado que la elegida fuera una persona que había vivido en pecado con quien se había casado por lo civil? Que sepamos nadie hizo la más mínima objeción, tal vez porque inmediatamente y por supuesto en secreto debieron pactar que la futura princesa se confesara, hiciera el propósito de enmienda, es decir no tuviera la más mínima intención de volver a casarse por lo civil sino, como se hizo, solamente por la Iglesia y aquí no ha pasado nada.
Lo mismo que ocurrió con mi amiga (no digo el nombre para no escandalizar al personal) casada por la Iglesia y con cuatro hijos que pidió el divorcio porque quería volver a casarse con un conde o un marqués, cuya familia le dijo que por lo civil nada de nada y que si quería que le pusieran la aristocrática corona de la nobleza familiar tenía que conseguir la anulación. Con dinero Dios mediante se consigue todo, hasta la sentencia de anulación de un matrimonio con cuatro hijos que según pudimos leer en la sentencia, «no se había consumado».
Pero estamos tan acostumbrados a estas incongruencias, vengan de la Iglesia, del poder Judicial, de las reformas a la Constitución, de los recortes a los derechos sociales o de la sociedad, que todo acaba pareciéndonos normal.