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Las éticas, la palabra y la contundencia de los hechos

REFLEXIONES CONVEXAS

Las éticas, la palabra y la contundencia de los hechos

Más que nunca, antes que palabras es urgente mostrar hechos con resultados

27.12.11 - 00:52 -
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La ética del éxito que tanto predicamento tuvo se tornó perniciosa por la imposibilidad de producir beneficios a la sociedad y centrarse en la promoción de egoísmos. En la actualidad la vigencia de Weber es plena y su distinción entre una ética de la convicción o ideológica y una ética de la responsabilidad es admitida ampliamente . Junto a ellas ha crecido una conciencia ecológica que modaliza la ética de la responsabilidad obligándola a ponderar los perjuicios medioambientales.
La ética de la ideología o de la convicción opera en el plano de la conciencia, es deontológica, consiste en la buena voluntad independientemente de sus consecuencias (Cuenca, A., 1995:218). Su comienzo y su fin se hallan en la moral.
La ética de la responsabilidad, sin embargo, opera con las consecuencias de los actos que se hacen. No limitada al ámbito más cercano de la persona sino también al más lejano; el ser humano debe asumir su responsabilidad con los sistemas ecológicos y con la vida en sociedad. Es el imperativo de la concordancia entre los efectos últimos del acto y la continuidad de la actividad humana en el futuro (Jonas, H., 1995: 40). Es la responsabilidad de la persona con el mundo, en frase de Hanna Arendt.
Sin ética de la responsabilidad y sólo con una ética ideológica, se materializa el principio romano fiat iustitia et pereat mundus - hágase justicia y perezca el mundo- que atenta contra el principio de equidad que nutre nuestro ordenamiento jurídico como sinónimo de Justicia. Trasladable a cualquier otra disciplina o actividad.
Conductas éticas reprochables son muestras de que la falta de ideología, o de una relativización de la ideología, no tiene otra consecuencia que un caos social. El gran problema es que decisiones con este cariz son adoptadas en todos los niveles de la sociedad hasta generalizar una forma de actuar y una conducta asumida, cuya suma y consecuencia, es esta catarsis de perspectivas inciertas que se presenta como crisis financiera.
Sin ética de la convicción, sin asumir una ideología, la ética de la responsabilidad cae en un absurdo que limita la voluntad del directivo, por ejemplo, en favor de un fin incomprensible. En consecuencia se prescinde de cualquier límite. La falta de referencias morales induce a hacer lo que el instinto reclama de modo inmediato y egoísta, únicamente con la trascendencia del instante. Lo social se obvia y lo trascendente sucumbe. La mentira se convierte en protagonista, generando desconfianza. El valor de la palabra que antaño se suponía, corolario de la honorabilidad de la persona y por sí misma, es cuestionado. Como vemos, abusar de la buena fe, de la buena credulidad, tiene unos «beneficios» demasiado costosos para el efímero lucro logrado, si fue lucro lo perseguido.
Más que nunca, antes que palabras es urgente mostrar hechos con resultados.
Sin una ética de la responsabilidad, la ética de la ideología queda en una mera autojustificación de la propia subjetividad (Küng, H., 2006).
No es difícil verificar esta realidad: La insensibilidad hacia los problemas de los ciudadanos, la escasa ejemplaridad en la adopción de medidas lesivas de derechos, la opacidad en la gestión, la inédita manera de administrar lo público y privado, lo propio y lo ajeno. Hechos todos ellos que han abierto una vasta brecha entre lo que se pensó que eran y la desconfianza con que se muestran. Lo llamativo es que aún lo extraordinario de todo, la sumisión es total, como absoluta la insensibilidad de la sociedad. Hay un agotamiento de la capacidad de reacción dado el apremio de la supervivencia y lo incierto de alternativas en un espacio globalizado sin independencia económica.
Junto a la ética ideológica y de la responsabilidad ha surgido una ética de la globalidad, ponderando la supervivencia del hombre ante los peligros de la tecnología sobre los ecosistemas y las sociedades.
Fue iniciada por Hans Jonas a finales de la década de los años setenta e implica una limitación de las libertades para el hombre actual en pos de una supervivencia futura. Un postmodernismo crítico, afrontando responsabilidades y asumiendo la dimensión trascendente de la persona. Esta ética no se limita a una vertiente natural; también despliega efectos importantes en el ámbito del trabajo, entre muchos.
Mucho me temo que esta última aspiración ética se encuentra comprometida por la crisis económica. Como ejemplo, la XVII Conferencia de las Partes de la ONU sobre Cambio Climático, celebrado en Durban, en diciembre de 2011, no consiguió un protocolo vinculante. Decisión aplazada para Catar en noviembre de 2013, no consiguiendo que las grandes potencias como las naciones en vías de serlo limiten sus contaminantes.
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:: JESÚS FERRERO


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