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LA CRÓNICA

Manzanares, perfecto

17.09.11 - 01:57 -
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Un torero grandioso, José María Manzanares convirtió ayer en la plaza de Albacete el toreo en poesía. Toreo y poesía, poesía y toreo, dos artes en las que hay que someter a un animal-palabra y hacerlo de forma bella, de forma estética para que el público se emocione al «leer» una corrida o al «presenciar» un poema. Rima, arte, cumbre de Manzanares en un festejo de reventón. El público no se equivocó, tuvo claro que la tarde del dieciséis de septiembre sería inolvidable, gracias a un torero, el gran esperado, el que correspondió con sus dos toros a tanta expectación. Reventón en el coso albaceteño, casi lleno y ambiente de día grande como así fue.
Desde que se abrió de capote para recibir a Noticiero ya se vio plasmada la suavidad del toreo, primero con el capote, que meció muy templado a la verónica. Un toro, anovillado, demasiado, un encierro de Juan Pedro Domecq con sus dos hierros de auténtica vergüenza que se coló de forma incomprensible en la plaza albaceteña, que perdió el rumbo. Dejemos al margen lo negativo y vamos al argumento de esta tarde, que será el de muchas, ya tenemos claro triunfador.
Cierto es que al 'juanpedro' no se le picó, apenas un picotazo por orden del maestro y que la cuadrilla compuesta por Trujillo, Curro Javier y Luis Blázquez brillaron a en su quehacer con el torero, que plasmó en los primeros derechazos una plasticidad especial, la suya propia. Comenzaba la sinfonía, con la colaboración del noble astado que tuvo la suerte de caer en esas manos. La rima encadenada de derechazos- todo tan medido, tan despacio, tan bien preparado- tuvo un siguiente adjetivo que lo definió: exquisitez combinado las alturas de las embestidas del toro, primero más bajo, luego más arriba para ayudar al toro. Engarce y sincronía, ritmo, cadencia en cada pasaje, profundidad en los derechazos, empaque en el toreo esencial al natural con seis muletazos imborrables. Aleteaba con levedad sustancial la muleta del torero en otra tanda construida, imaginada, creada como la seda. La elegancia, la lentitud de cada momento hacían más grande la obra con un público absolutamente volcado, maravillado.
Volvemos al empaque cauce por el que el alicantino llevaba como cosida la noble embestida del astado. Un cambio de mano fue monumental y todo acompasado, ni un gesto de más, ni un muletazo de menos. No quería el público que se acaba tan inmensa obra, cuyos adjetivos para su definición tienen que estar siempre en grado superlativo. Decidió entrar a matar recibiendo, pero la estocada quedó enterrada en su mitad de extensión. Un aviso y dos orejas mérito a un toreo espléndido y esplendoroso.
Culminación
La tarde había transcurrido por malos derroteros con dos desafortunadas actuaciones de Juan Mora y Sebastián Castella, que ha pasado de puntillas por el abono albaceteño, pese a sus dos actuaciones. Había que salvarla y corresponder a la expectación creada. Solo podía hacerlo en su culminación por el gran triunfador, Manzanares.
Tampoco tenía presencia el toro que cerraba la corrida, pero más que en eso, el público estaba expectante de nuevo con el torero de Alicante, que estuvo aseado con el capote sin más. Luego el puyazo trasero que le recetó el picador tampoco tuvo fuerte consistencia. El 'juanpedro' estaba en el límite de todo, especialmente de su energía. Manzanares montó pronto la muleta y le dio muchos tiempos al toro para manejar sus embestidas. La primer tanda era un bálsamo que ofrecía el torero, la siguiente con una templanza exquisita elevó el nivel hasta el grado superlativo en una línea muy similar a lo que había elaborado en su triunfal faena anterior. Acompañando la embestida con pulcritud, con natural apostura, sin violencias. La tercera serie tuvo plenitud en su corta ejecución. Nunca tocó la muleta la tenue embestida del toro que acudió al cite al natural, llegando el climax en un muletazo interminable.
El temple era la necesidad, nada de estridencias, suaves muletazos quizás con menos intensidad por la feble condición del noble astado que se sometió a la muñeca del torero ejecutando un nuevo cambio de mano. Hubo inteligencia por el diestro para dar una mayor dimensión a una faena bella y se decidió a matar de nuevo recibiendo. Se perfiló muy de frente, abrió un poco la muleta y movió la muleta buscando la arrancada del toro que cayó fulminado instantes después en lo que se configura como la estocada de la Feria. Apoteosis, dos orejas de nuevo. Manzanares, perfecto.
La otra parte
Luego, lo otro tiene otra historia, por cierto muy negativa, pues Juan Mora que volvía a la Feria de Albacete después de muchos años estuvo de pena, de auténtica pena, muy a la deriva, cuento chino.
Con el novillote que abrió el festejo , el extremeño aportó muy poco en su faena ante un toro que blandeó y mansurrón, El torero componía la figura, pero no se confiaba en ningún momento, dando la sensación de que el veterano diestro ya no está para estos trotes. Toreó con muchas ventajas y después de dos pinchazos y un bajonazo infame fue silenciado.
Se defendió mucho en la suerte de varas el cuarto de la tarde, un castaño bragao que puso en peligro al torero tras los lances de capote siendo perseguido en un momento difícil. Trapazos para empezar la faena del diestro y demasiados enganchones en el toreo al natural en las dos series que intentó sin éxito. Montó la espada y tras un bajonazo fue pitado. Así salió de la plaza cuando a Manzanares lo habían sacado a hombros.
Tampoco Castella estuvo afortunado, más bien lo contrario. Al torillo de Parladé, primero de su lote, manso y sin ser castigado le instrumentó una faena de escaso contenido y poca convicción en series de derechazos que tuvieron poco nivel. Algún chispazo de consideración, como un cambio de mano, pero todo muy a la baja. Fue ovacionado. Se devolvió el quinto por estar derrengado y el sobrero de Algarra, fuertemente castigado, fue manso. Nada hizo el Francés. Todo Manzanares, cumbre.
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