laverdad.es
Lunes, 28 mayo 2012
nuboso
Hoy14 / 26||Mañana13 / 27|
más información sobre el tiempo
Estás en: > > >
El mal entra por las ventanas rotas

ARTÍCULOS

El mal entra por las ventanas rotas

30.11.10 - 01:09 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
Una de las primeras investigaciones de campo del psicólogo social Philip Zimbardo (el autor de 'El efecto Lucifer') consistió en dejar abandonados en la calle dos automóviles de similares características, con las puertas abiertas y sin placas de matrícula. Uno, en el Bronx neoyorkino. El otro, en un barrio residencial de Palo Alto, en California. A los pocos días, del primero solo quedaba parte de la carrocería, y en cambio el segundo permanecía intacto. El resultado parecía confirmar los peores diagnósticos acerca de la predisposición al delito de los residentes en barrios marginales. Pero el experimento no terminaba ahí. Zimbardo y dos colaboradores suyos se dirigieron al coche abandonado en Palo Alto y abollaron con un mazo parte de la chapa. Al verlo, algunos de los viandantes que contemplaban la escena pasaron a la acción, y en menos de veinticuatro horas el automóvil acabó en el mismo estado que el del Bronx. La diferencia entre una comunidad y otra no radicaba, pues, en los comportamientos, sino en la forma de manifestarse éstos. Mientras en el Bronx se habían desatado los impulsos inmediatos y espontáneos, en Palo Alto hubo que esperar una especie de pistoletazo de salida, una señal que diera rienda suelta a los mismos impulsos inhibidos.
A partir de esta observación, James Wilson y George Kelling elaboraron la conocida teoría de las ventanas rotas, que expresa muy gráficamente uno de los mecanismos más comunes de propagación del mal. Cuando en un edificio se rompen los cristales de una ventana y nadie arregla el desperfecto, en poco tiempo el resto de ventanas será apedreado por los vándalos y el edificio acabará destrozado. Tomen cualquier otra metáfora: las pintadas en las paredes, las flores pisadas de un parque, las papeleras arrancadas en las plazas. Mientras reinan en ellas el orden y la limpieza, la gente respeta las normas de la comunidad ya sea por convencimiento, ya sea por no dar la nota y no sentirse culpable. Pero una vez iniciado el deterioro los escrúpulos se esfuman y resulta imposible controlar la conducta de los menos civilizados.
Los hechos desencadenados a partir del primer desperfecto tienden a seguir una espiral creciente. En varias grandes ciudades se ha podido comprobar que la suciedad y el vandalismo en los transportes públicos acaban ahuyentando a los usuarios más respetuosos, de tal modo que aumenta la inseguridad en las paradas y en el interior de los vehículos. Se trataría de una modalidad más de las 'profecías autocumplidas', en las que finalmente ocurre aquello que se temía. Los delitos de poca monta y los desperfectos menores producen una especie de 'efecto llamada' cuya espiral va extendiéndose hasta situaciones más preocupantes en la medida que cunde la sensación de impunidad. En cambio, las comunidades limpias estimulan las buenas conductas a todos los niveles. Los defensores de la teoría de las ventanas rotas sostienen que sólo aplicando medidas de «tolerancia cero» es posible atajar los males mayores. Por costosa que sea, una política que persiga el vertido de las basuras fuera de los contenedores, aplicarla a rajatabla es rentable ya que favorece la creación de una atmósfera propicia a los buenos hábitos.
No estaría de más llevar la teoría a otras esferas de la vida particular y del entorno social más inmediato. Todos los comportamientos humanos tienden a pervertirse cuando las personas bajan la guardia y descuidan las cosas sencillas. Uno empieza por olvidarse de la fecha de cumpleaños de su pareja y acaba dejando de interesarse por sus preocupaciones o perdiéndole el respeto. El ex fumador se descuida en una sobremesa, enciende un pitillo y con ese inocente acto vuelve a su adicción tirando por la borda el esfuerzo de meses de abstinencia. Los mentirosos compulsivos empezaron tal vez diciendo pequeños embustes a los que nadie puso freno, y que crecieron hasta convertirse en todo un estilo de relación con los demás. Y, en fin, qué decir de los políticos que abren la veda de la grosería y del insulto sin reparar en el envilecimiento de la vida pública a que conducen sus modos.
Es cierto que hay un discurso conservador complacido en sacralizar el orden establecido hasta extremos maniáticos, por miedo a cualquier cambio que haga temblar los cimientos de un rígido sistema de valores. Pero tampoco hemos de ignorar que las tendencias destructivas prenden a menudo por un simple chispazo y que se propagan contagiosamente. Sucede con más facilidad allá donde se ha formado una atmósfera propicia de abandono consentido, donde parece leerse el mensaje de que nadie cuida de nada, donde la desindividuación diluye la responsabilidad de los sujetos, como si el deber se plegara a la fuerza de la impunidad y la costumbre. Velar por que las ventanas del edificio conserven íntegros sus cristales supone un estado de vigilia permanente, una decisión pedagógica provechosa, una inversión rentable.
TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
El mal entra por las ventanas rotas

laverdad.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.