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«Dormir en la calle da miedo»

Albacete

«Dormir en la calle da miedo»

Dos albaceteños sin hogar cuentan su realidad ante el Día de los Sin Techo

15.11.10 - 00:39 -
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La crisis nos ha traído nuevos pobres, personas que hasta no hace tanto llegaban a fin de mes sin problemas, y ahora se ven en apuros para pagar el alquiler y hasta para comprar comida o ropa.
Pero ahí están los pobres de siempre. Aquellos que ni tan siquiera tienen un techo para cobijarse. Los sin techo, o sin hogar, porque hay quienes hoy tienen un techo, y mañana tienen que dormir al raso.
Uno de ellos es Juan Macía. Se separó hace 12 años, «mi esposa no era una mala mujer, pero no nos entendíamos», y los «nervios» le hicieron dejarlo todo, a su ex mujer, a sus tres hijos y a su pueblo, El Salobral. Cuando el dinero se acabó, inició su periplo por España, que si a Palma de Mallorca a cavar zanjas de gas, que si a Lérida a coger melocotones, que si a Alcázar de San Juan a vendimiar, que si a Jaén a la aceituna... y así un año tras otro. El día que cobra jornal alquila una habitación, si no hay dinero toca dormir al raso.
«Muchas noches he dormido en la calle, con miedo, en los cajeros, en obras, en el campo debajo de un árbol», dice este hombre de 56 años, acostumbrado al trabajo duro, pero que lleva meses, desde mayo, sin echar una peonada, no hay trabajo para nadie, y menos para los que superan el medio siglo de vida, «voy por las obras, me miran y dicen ya te llamaremos, pero a mi no me llama nadie desde hace tiempo».
La vendimia la pasó durmiendo en un saco, de pueblo en pueblo, esperando inútilmente a ser contratado en un tajo, «cogen antes a los temporeros inmigrantes, porque ellos cobran 20 euros y están dispuestos a dormir en el suelo y malcomer, pero si está estipulado el jornal en 50, eso es lo que tienen que pagar», se atreve a reivindicar. Bajo las estrellas, y en la calle, «no se puede pensar en nada, -confiesa Juan-, sólo queda esperar a que amanezca, se vive al día».
Al día y sin amigos, «es muy difícil tener amigos en la calle, porque si buscas trabajo en una obra mejor ir solo, aunque para recoger fruta es mejor ir en cuadrilla», para la noche también es mejor tener compañía, «dos ya hacen bulto».
Y como Juan no sirve para robar, «no valgo para eso», se sustenta de pedir cuando no hay trabajo, «he encontrado a gente buena, como la familia o más», dice. Tras medio año sin trabajar ni cobrar ningún tipo de subsidio, buscó ayuda en el Centro de Personas Sin Hogar de Albacete; «al banco 12 euros», porque Juan no tiene casa, pero sí que mantiene una cartilla abierta en el banco a la espera de mejores tiempos.
Este salobreño, espera ahora una segunda oportunidad. Su hermana lo acogió el año pasado «pero no puede ser, ella tiene su marido y sus hijos, necesita su intimidad y yo lo entiendo». Sus tres hijos están en paro, no pueden ayudarle.
Su esperanza está puesta ahora en Cáritas, participa en un taller de encuadernación, y en el albergue vive con dignidad «aquí hay higiene y la comida es buena», a la espera de que se le tramite una ayuda social que le permita vivir bajo techo. Aunque ha trabajado toda la vida, la cotización no le llega, «trabajaba de pocero, con mi padre, que no me pagaba la Seguridad Social y apenas tengo diez años cotizados».
Añora cuando su vida era 'normal', «tu casa, tu familia, tu empleo, poder echarte una cerveza o un vermú al acabar de trabajar». Y aún confía en recuperarla, afortunadamente, dice, tiene salud.
Algo que le falta a Pinocha, el seudónimo que esconde a una mujer castigada por la droga. Se casó con 18 años y tuvo a su primer hijo, «que fue buscado», entonces llevaba «una vida normal y feliz»: el trabajo de mi marido, llevar a los críos a la guardería... hasta que cayó en la heroína y lo tiró todo por la borda.
«Me equivoqué», admite a sus 47 años, «mi cuerpo está hecho polvo y ahora pienso en todo lo que llegué a hacer por la droga y me vienen a la mente cosas que aún me siguen doliendo». Admite que delinquió por conseguir la droga, «con tu cuerpo destrozado, haces lo que sea y hay gente que se aprovecha, yo he vendido cosas muy valiosas por cuatro duros».
«Sé que he hecho daño, estoy arrepentida, pero tengo voluntad de seguir adelante y estoy en paz conmigo misma», continúa esta mujer, que tiene una espinita clavada, no haber conseguido el perdón de sus hijos.
Su hija, también en la calle
No es la primera vez que hace propósito de enmienda. Pasó 10 años de su vida en un centro de rehabilitación, «estuve muy bien, pero echaba de menor Albacete». Regresó y «todos me acogieron muy bien, mi padre, mis hermanos...», empezó a trabajar, en cocinas, de camarera... «pero fui muy inocente, otra vez caí».
Ahora sufre, sobre todo, porque una de sus hijas, la única con la que tiene relación, ha caído en la droga y está viviendo en la calle donde ella ha pasado muchos años. La noche que le tocaba pasarla en la calle «hasta vomitaba de lo mal que me sentía, te quedas helada, te duele todo el cuerpo...». Portales, cajeros automáticas, un piso ocupado en las 600 lleno de basura.... han sido algunos de sus cobijos, cuando no quedaba tirada en la calle con una sobredosis.
Los dos últimos meses ha encontrado refugio en el albergue, aquí cumple un arresto domiciliario, «cada uno tiene que pagar por lo que ha hecho, pero la cárcel lo único que puede hacer es complicarte la vida más», dice con conocimiento de causa, no en vano ha estado entre rejas en un par de ocasiones.
Ahora vive al día, «no pienso en nada, tengo mucha ansiedad, por las noches me hincho a llorar», pero «a pesar de todo, tengo paz».
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