La corrida del arte del rejoneo celebrada ayer en la plaza de toros de Albacete trajo un festín de orejas. Se cumplió el guión, una vez más, pues por diferentes razones este es un festejo de tono amable, apenas exigencias y muy populista. Los tendidos se renovaron con un público más proclive a divertirse en un festejo muy distinto y proclive a jalear cualquier tipo de espectacularidad en la lucha del toro con el caballo bajo el dominio y la doma del rejoneador. Toreo a caballo lo denominan quizás con más conocimiento en Portugal. De una forma o de otra, público más orientado al festival de trofeos. Y en este caso, especialmente es el que manda.
Los tendidos de poblaron de caras poco habituales cada tarde, aunque la plaza no se llenó, lo que constituye igualmente una novedad. De esta forma, tras el paseíllo llega la vuelta al ruedo de los rejoneadores y las ovaciones estallan. Calentar el espectáculo en una tarde de por sí ya caliente.
Se cambió la corrida anunciada por la de Luis Terrón, que dio un juego desigual, mejor los tres astados lidiados en primer lugar, menos colaboradores por mansos los lidiados en la segunda parte de la amable corrida, que tuvo un nivel menos brillante que en otras ocasiones. Pero, vale todo con el fin de ver salir a los actuantes a hombros, dos lo hicieron Sergio Galán y Leonardo Hernández al cortar dos orejas, una en cada uno de sus oponentes.
Comenzó bien Sergio Galán en el primero de su lote con un toreo a caballo sobrio y coordinado, en el que destacó con el caballo de nombre Vidrié en el tercio de banderillas, bien ajustado en los embroques y colocadas de poder a poder. Con las banderillas cortas también hubo buen nivel. La primera oreja fue a su esportón tras el rejón de muerte que provocó derrame.
Con menos opciones para el triunfo resultó el toro de Terrón que hizo cuarto, pues manseó demasiado, lo que motivó que el quehacer del rejoneador fuera menos lucido. Tenía que dejar llegar mucho al toro a sus caballos para llegar al tendido en la colocación de las banderillas de distinta longitud. Lo mejor sin duda fue el certero y fulminante rejón de muerte, que le posibilitó un nuevo trofeo y así abrir la Puerta Grande.
Desigual
Diego Ventura tuvo una tarde desigual basándose siempre más en la espectacularidad que en el toreo a caballo ortodoxo. Estilo distinto. Se adornó especialmente en la preparación del tercio de banderillas tanto con el caballo Ginés como luego con Califa. Balanceando el caballo sobre los cuartos traseros fue prendiendo la mecha y con la secuencia de quiebros y el acierto en la colocación de las banderillas fue desarrollando su labor premiada con una oreja tras un pinchazo y un rejón trasero.
Se esperaba a Morante, no al torero, claro, sino al caballo del mismo nombre, ese que tira bocados a los toros y que enardece a los tendidos. Se cumplió lo esperado y la plaza estalló en esos momentos. ¿Eso es el arte del rejoneo? Más bien no, pero llega y gusta. Falló hasta cinco veces con el rejón de muerte, colocó otro trasero y tuvo que descabellar echando pie a tierra. Una ovación para el hispanosevillano.
Leonardo Hernández estuvo muy bien en la lidia del primero de su lote con Amatista, de buena cadencia de tranco y franqueza. Los quiebros y las banderillas colocadas al violín fueron lo más vibrante de su faena premiada con una oreja tras necesitar de un descabello. El sexto fue el menos claro y con el nieto de Cagancho de nombre Templario desarrolló su faena rematada de manera certera. Festejo con menos nivel y entretenido.