Era mi cumpleaños, pero me tocaba trabajar. Pleno julio y 40 grados a la sombra, el que la pillara. Lo que no sabía es que la jornada laboral iba a consistir en montarme en un yate, beber mojitos y daiquiris gratis y tomar el sol. Esto sólo podía ser cosa de una intervención divina. Elemental, querido Watson.
Desde que me subo al barco en cuestión, un antiguo cazaminas de la marina danesa restaurado para cruceros de lujo, siento que vivo sin vivir en mí. Que un trocito de la alta vida que esperaba está delante de mis ojos. Muero porque no muero y todo se debe a una santa. A una santa marca de ron, concretamente. Al ron Santa Teresa, que nos invita gentilmente a disfrutar de su primer día de fiestas promocionales a bordo de este barco, que recorrerá varios puertos del Mediterráneo en esta infalible campaña que parte desde el Tomás Maestre, en La Manga. Luego hablan de la crisis de la publicidad. Y me da por reír, claro. Políticos y demás mandamases rebanándose los sesos para controlar a los medios de comunicación y tiene que venir una marca de ron para dar ejemplo. Desde el primer momento, Santa Teresa me gana. Estoy vendido. «Tienes que ser aséptico», me dicen. «Sí, tan aséptico como mi bañador cuando me sumerjo en el Mar Menor tirándome desde lo alto del barco», tuve que contestar.
Al llegar a lo alto de la pasarela y poner los pies en la cubierta, me recibe una de las azafatas: «¿Quiere usted un mojito?» Varios puntos: Primero. ¿Me ves tan viejo como para llamarme de usted o es simple cortesía de manual? Segundo: ¿Un mojito a la una de la tarde? ¿Quién crees que soy? Perdona rica, soy, ni más ni menos, que el chico que lo acepta y se lo bebe con una cara de placer envidiable. Delicioso. Eso sí, lo pido 'cortito', que ya iba prevenido sobre el infierno que supone 'chisparse' en un barco y además marearte con el vaivén de las olas. Que por nadie pase, como dicen en la huerta. Y aún quedaba mucho calor que aplacar.
Lo que ven mis ojos va cumpliendo las expectativas que tenía horas antes en relación con esta peculiar jornada laboral. Me había convencido de que la vida no podía ser tan bonita. ¡Ah, incrédulo! Va a ser que puede serlo, pese a todo. Me tomo ese primer mojito mientras Mati, la chica de prensa, me va contando cositas. En seguida me presentan a un jefe, luego a otro, luego a otro más jefe aún y luego al 'superjefe'. Con quien más hablo es con Iván, director de Comunicación de Osborne, que habla y sonríe como un niño pequeño el día de los Reyes Magos. Está convencido del resultado de esta apuesta y yo se lo corroboro. Le doy la enhorabuena mientras me ofrecen el segundo mojito. Aguanta, zagal, aguanta, que ni siquiera he comido nada. La música, pese a no ser santo de mi devoción, crea atmósfera cero. Cero aburrimiento, cero apatía, cero coñazo. Tardo poco en 'abandonar' mi inseparable libreta y empiezo a utilizar la memoria como disco duro de datos. Comienzo a meterme en el papel de invitado a una fiesta exclusiva justo después de que Luis Herrador, el capitán del navío -de nombre 'Sandvig'-, diera las pertinentes recomendaciones de seguridad.
Engullo cacahuetes cual mono feliz para 'llenar' mi estómago con algo sólido, mientras charlo con mi compañero y por qué no amigo Edu, con Laura, con la otra Laura, con Paco (un becario con una beca envidiablemente engañosa)... Todos hablamos y nos reímos con una inigualable sonrisa de gilipollas en los labios. Es lo que tiene no haberse visto en una así. Una de este calibre. El 'barman' sirve cócteles y copas a espuertas. Barra libre y libre albedrío. A disfrutar. Los chicos -y chicas- de Santa Teresa nos apabullan con sonrisas y manos en la espalda mientras disfrutamos como pitufos riéndose del temible Gargamel y su gato Azrael.
Descubrimos la 'parte de arriba' del barco, habilitada como solarium, mientras Luis sale del puerto y pone rumbo al epicentro del Mar Menor, donde pasaremos el día. Primero a la isla del Barón y luego a la Perdiguera, con bañitos incluidos -entre ron y ron-, a pesar de las medusas que parecen querer sumarse a la fiesta y que no dejan de dar vueltas alrededor de este antiguo cazaminas holandés al servicio de la corona danesa. Ahora, con sus 35 metros de eslora, sus motores originales de 1960 y su belleza exterior e interior, está al servicio de la fiesta y el desenfreno. Y no se debe quejar mucho, al parecer.
Las medusas no son las únicas que acuden raudas al olor dulce de este ron, que gana adeptos a pasos agigantados entre los amantes del cubalibre. Ello no es óbice para que algún periodista -ejem-, en un 'lapsus' casi imperdonable, le pida al camarero un 'brugal-cola'. Es la costumbre, aunque mi conversión al santateresismo me salva. El caso es que el barco llevaba atado un dirigible hinchable que no dejaba de moverse y de hacer virguerías a quince o veinte metros de altura. Suficiente para que la mitad de los barcos que navegaban esa tarde por el Mar Menor se acercaran a ver qué demonios era aquello que veían a lo lejos. Al llegar, se quedaban boquiabiertos, claro. Música a todo trapo, mujeres santateresianas ligeras de ropa que se veían más que el dirigible y chavales y no tan chavales bailando con la copa en la mano. Más de uno se tiró al mar para ver si le rescatábamos y formaba parte de esta 'sopa boba' en alta mar. No tuvo suerte, el desdichado.
Mientras tanto, uno de los cámaras de televisión que nos acompaña se relaja en una de las hamacas mientras se echa por encima un vaso entero de cubitos de hielo. Su cara debería aparecer en el diccionario al lado de la definición de felicidad. Una chica me ofrece un melón abierto con un mejunje interior delicioso. Bebo. Otra, con un irresistible acento calamariano, me pide un cigarrillo (¿tenés un cigarrisho?) Doy. Alguien me pone un daiquiri de fresa en la mano. Y me siento bien. Un cumpleaños a la altura del cumplidor. Ciertamente, y según le comentaba a algún colega justo después de echar el pie a tierra, la mejor fiesta de cumpleaños que me han 'hecho' nunca. Algunos nacen con estrella y otros estrellados, que diría algún sabio.
Con la misma sonrisa que lucía cuando subí al barco y con la piel enrojecida por el efecto del sol -el factor 25 no es suficiente-, Luis atraca el barco en el puerto de Tomás Maestre. Nos anuncian que ésta es la primera fiesta de una serie que tendrá lugar en varios puntos del Mediterráneo. La próxima parada es mañana en Cartagena, aunque será fiesta sin navegación, con el barco bien amarrado. Sólo una mala noticia: hace falta invitación. ¿La tiene?