En la cocina de los Salido flota un humo ligeramente perfumado. Víctor y su amigo se retuercen en el suelo, con el dedo apuntando hacia el congelador abierto.
-San Pancracio -dicen las hermanas Martínez desde el umbral, cruzadas de brazos-. Santo de los afligidos por la pobreza, patrón de la fortuna y de los juegos de azar.
Los chicos sucumben a un nuevo ataque de risa descontrolada, y Yolanda, arrodillada junto a Víctor, se contiene apretándose los lagrimales con el índice y el pulgar.
-Un mártir ajusticiado -insiste una de las hermanas-. Un pobre chico, como vosotros.
-Decapitado a vuestra edad -añade la otra-, catorce añitos.
Parece que sus palabras surten efecto en el ánimo de los chicos, pero sólo es una ilusión, un intervalo para tomar aire, antes de que las risas estallen con fuerza renovada.
En la tensión reinante asoma el hermano de Juan:
-Malas noticias, Yolanda. Tu hermano, mi marido&hellip-Está un poco achispado. Su error hace muchísima gracia a Víctor y a su amigo-&hellip ¿Pero qué pasa aquí?...
-Ya se les pasará&hellip -suspira Yolanda, exhausta-. Son un par de zopencos. Tú di.
-Que tampoco ha pactado por veinticinco mil euros. Juan ha rechazado semejante ofertón y en la caja descartada estaban los ciento veinte mil&hellip-Yolanda y las Martínez se miran con preocupación. Los chicos han dejado de reírse-. Y eso no es todo. Se ha puesto tan lívido que se han visto obligados a cortar otra vez a publicidad.
En el salón, el teléfono suena sin descanso y la tele anuncia cremas que reducen la grasa corporal durante el sueño, el suegro y la portera comparten la nostalgia del retorno a los céntimos, y las niñas han aprovechado que nadie las controla para lanzarse a jugar con los caracoles del altar, visto lo cual, las hermanas Martínez se desaniman:
-De lo que pueda pasar a partir de ahora nosotras no respondemos, Yolanda. Así no.
En el camerino, un tubo de largos y finos paneles sin techo, Juan se aferra con ambas manos a los bajos de la butaca, mientras Salónica le ha vuelto a llenar de kleenex el cuello de la camisa y le esparce polvos por toda la cara. Luego afila un lápiz y, sin previo aviso, se vuelca sobre él y le estira con fuerza de las ojeras:
-Mira hacia arriba.
Los poros de su piel están cerrados y su aliento huele a fresa ácida, pero Juan intuye que quizá no sea tan joven ni tan distante como quiere aparentar, seguramente lleva mucho tiempo en el programa y ha visto de todo, sin duda conoce el funcionamiento interno del concurso, pero&hellip, dado el modo en que le ignora y masca chicle, aún no se anima a importunarla con sus preguntas.
-Te corrijo esa caída de ojos que tienes -se apiada inesperadamente la maquilladora-.
-Salónica&hellip-murmura Juan-. Qué nombre tan original.
-Tu apellido tampoco es nada común. Abrelos todo lo que puedas&hellip-Tras haberle arrancado unas lágrimas con la punta del lápiz, pretende ponerle unas gotas que escuecen tanto o más-. Es que mis padres eran muy originales. Es el nombre de una ciudad griega, patrimonio de la humanidad.
Mira tú, cada día se aprende algo nuevo&hellip
-Ya ves -dice Salónica, desganada, como la chica moderna e inaccesible que aparenta para él, aunque probablemente tenga la edad de Yolanda-.
-Mi mujer ha congelado un San Pancracio. -Juan intenta llamar su atención y conmoverla-. De hecho, hace más de un mes que lo congeló, pero seguimos estando con el agua al cuello.
Pero a Salónica estas cosas ni le son ajenas ni le sorprenden. Comprueba los mensajes en su móvil, y ni la mirada lastimera de Juan en el espejo la convence, porque de pronto frunce el ceño y se vuelve hacia él con el lápiz de ojos.
-No, por favor -suplica Juan-. Déjalos que se caigan&hellip Pero si de verdad quisieras hacer algo por mí, dime -la retiene a su lado, aferrándola por la muñeca- ¿crees que debería haber pactado por los veinticinco mil? ¿Me tienta la banca para evitarme la humillación o para morder el gordo? ¿Saben ya cómo va a acabar todo esto, y ni San Pancracio ni yo tenemos nada que hacer?
-No puedo dar esa clase de información. Va contra la normativa del programa.
-Entonces déjame hacer una llamada desde tu teléfono, por favor te lo pido, no se va a enterar nadie. Una llamadita a casa, no puedo volver con una huevera, entiéndelo&hellip
-Lo siento -dice Salónica, dándole de nuevo la espalda para mirarse al espejo-. Va contra la normativa del programa.
La rabia cosquillea los pies de Juan, que cuelgan de la butaca, con la orden de propinar a Salónica una buena patada en el culo. Pero un hombre asoma tras la puerta:
-Salo, ¿te he dicho hoy lo guapa que estás? -Salónica se ruboriza y entontece por momentos-. ¿Te he dicho hoy lo mucho que me gustas? - Salónica se suelta el pelo, un moñito inesperadamente largo, y rejuvenece una década-. ¿Te he dicho hoy que quiero ser el padre de tus cinco hijos?
Salónica da un brinco y corre a los brazos del hombre. Y el veneno de la ira acumulada, de la ambición y de la impotencia, sacude el cuerpo de Juan en dirección al cerebro. Relacionarse con otra hormiga obrera en horario laboral, ¿no va contra la normativa del programa? Torturar al concursante, ignorarlo, humillarlo, ¿no va contra la normativa del programa? Porque si realmente ésta es la clase de preguntas que quiere oír una mujer tan moderna e inaccesible como Salónica, entonces&hellip, entonces quizá él no sea tan inculto ni falto de intuición, quizá él esté preparado para ser millonario.