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Japón y la muerte olvidada

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Japón y la muerte olvidada

22.06.10 - 02:46 -
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En un país como Japón, donde se suicidan 35.000 personas al año, pensaríamos que la muerte está a la orden del día. Pero desconciertan las actitudes ante fallecimientos y entierros en el país del sol naciente. Cuando el profesor Shimada, de la universidad de Keiyo, escribe un ensayo con el título 'No hacen falta funerales', su libro se vende con éxito entre las generaciones jóvenes que protestan por la rutina y formulismo de los ritos funerarios budistas, por otra parte muy costosos; pero se levantan en contra las protestas de quienes toman en serio la importancia social, cultural y sanadora de los ritos.
En un país, en el que la permisividad jurídica y social de la interrupción del embarazo facilita los más de trescientos mil abortos anuales, está muy arraigada la costumbre de orar por los fetos que no nacieron y hacer ofrendas al 'bodisatva Jizö' como sublimación de la culpabilidad. Es una manera de encomendar a la divinidad el eterno descanso de las vidas no nacidas, que reciben el nombre de «criaturas de las aguas», porque se diluyeron en el río de la muerte sin ver la luz del nacimiento.
Pero Japón es tierra de contrastes. Cuando en 1997 se aprobó la ley sobre trasplantes de órganos en situación de muerte encefálica, llevaba Japón más de una década de discusiones interminables sobre el tema sin alcanzar el suficiente consenso social. Se protestaba, por parte de la clínica y de la investigación, por el retraso en admitir la determinación de muerte cerebral y la donación de órganos 'post mortem'. Había una resistencia cultural muy fuerte ante lo que produce la impresión, según cierta sensibilidad japonesa, de estar 'hiriendo a un difunto' o 'profanando un cadáver'.
Pasada ya más de una década tras la aprobación de la ley del 97 solamente se habían realizado 81 trasplantes. Se revisó entonces la ley facilitando más las donaciones, sobre todo en el caso de pacientes infantiles.
Y puestos a completar este caleidoscopio abigarrado en torno al final de la vida, podríamos aducir aquí el incremento de sentencias de muerte en un país, en el que el movimiento cívico pro abolición de la pena capital no consigue pasar de minoría frente a una mayoría favorable a que los agresores paguen con sus vidas la satisfacción exigida por las familias de las víctimas.
¿Sacaremos la conclusión de estar ante una cultura demasiado familiarizada con la muerte? No. Justamente lo contrario, opina el doctor Keiichi Nakagawa. Este oncóloglo acaba de publicar un libro titulado 'Japón: un pueblo que olvidó la muerte' (Asahi Publishing Company, 2010). Nakagawa es un médico que cuenta con la experiencia de haber tratado a más de veinte mil pacientee cancerosos en situación terminal. Ejerce en el hospital de la Universidad de Tokyo. No habla desde ninguna postura religiosa, ni budista ni cristiana. Tampoco presume de mantener alguna postura filosófica. Simplemente, dice que habla como médico y como persona preocupada por el olvido de la muerte, tanto entre sus pacientes como en las patologías de la cultura de su país. Desde ahí, entremezcladas con la narración de experiencias en cuidados paliativos, lanza al público preguntas como las siguientes:
«¿Hemos olvidado que somos mortales? ¿Nos hacemos la ilusión de que un día la medicina encontrará el elixir de la eternidad? ¿Nos damos cuenta de que la fecha de nuestro cumpleaños marca una edad menor de la que biológicamente tenemos, pues hemos cumplido en nuestro cuerpo muchos más años de los que marca el calendario a partir de la fecha de nacimiento? ¿Asumimos que, con la reproducción sexuada, entró en la evolución la muerte individual y no hay marcha atrás, ni siquiera con alucinaciones de clonación? ¿Hemos anestesiado la capacidad del cerebro humano para anticipar la propia muerte y buscar en la cultura y las creencias el camino para asumirla? Si toda cultura conlleva un modo de manejar la inevitabilidad de la muerte, ¿cómo agoniza una cultura que ha olvidado este destino humano ineludible? La medicina que no nos cura lo incurable es cada vez más capaz de predecirlo. ¿Nos aprovecharemos de ella con el fin de educar para asumir la llegada de la última hora?"». Concluye su obra este médico, que se reconoce agnóstico, echando de menos en la cultura japonesa actual dos clases de vinculaciones sanadoras: los lazos comunitarios y la sensibilidad espiritual. La conclusión de este ensayo, en lista de los más vendidos este año, me devuelve como un 'boomerang' la curiosidad con que comencé su lectura. Me interrogaba al principio por la muerte, presuntamente olvidada según el autor en la vida cotidiana japonesa de hoy. La cuestión se vuelve contra mí mismo, dejando en el aire la duda sobre cómo se muere en mi propio país...
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:: JOSÉ IBARROLA


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