Abdelkader, cubierto de un parasitario polvo blanco que hace palidecer su tez morena, se asoma tras el muro para ver qué demonios es todo ese follón. Mueve la cabeza de un lado a otro, sonríe, abre los ojos y, automáticamente, como si tuviera un resorte perfectamente engrasado, hace el símbolo de la victoria. «Sahara libre», dice. No importan las libretas, los rotuladores o los caramelos que van de mano en mano sólo unos metros más allá. Lo primero es lo primero, aunque Abdelkader, el niño de la fotografía de la izquierda, tenga sólo cinco años. Y lo primero es seguir pidiendo libertad para el pueblo saharaui. Va en su ADN y en el de todos los hombres y mujeres que viven aquí rodeados de la nada. Lo termina de confirmar otro crío, que ejerce de 'encargado' en la sala de ordenadores de la Secretaría de Estado de la Juventud del Gobierno saharaui. -Ha estado una hora con el ordenador. Son 90 dinares.
-Sólo tengo euros.
-Entonces, un euro.
-Bueno, mira. Te doy dos, así sales ganando.
-(Serio) No. Saldré ganando cuando el Sahara sea independiente.
Así es la gente que habita entre estas dunas. En permanente reivindicación. En permanente lucha. Esperando desde hace 35 años a que la comunidad internacional ponga orden en este trastero del mundo, a caballo entre Argelia y Marruecos, «el gran opresor», según Mohamed, un soldado del Frente Polisario que, pese a todo, prefiere tener una corneta en las manos antes que una pistola. Quiere ser músico. Pero, mientras tanto, se conforma con tocar sólo en el ejército. Y lo hace feliz, porque forma parte del 'todos a una'. Es la consigna histórica y casi genética de los saharauis. El único objetivo, la única meta es la independencia del Sahara.
Lo ha comprobado sobre la arena una delegación de la Comunidad Autónoma, encabezada por el presidente, Ramón Luis Valcárcel, que la semana pasada se desplazó a los campamentos de refugiados de Tinduf para examinar el desarrollo de los proyectos de cooperación que, en una u otra medida, tienen el sello de la Región de Murcia. La visita institucional al Sahara, en la que también participaron el rector de la Universidad de Murcia, José Antonio Cobacho, y varios directores generales relacionados con esos proyectos, cobra especial relevancia por ser la segunda de la historia de un presidente autonómico español, por detrás del anterior lehendakari, Juan José Ibarretxte, que relacionó en su día, allá por el 2002, las «soluciones políticas» que merecen vascos y saharauis. El presidente Valcárcel tuvo un tratamiento de jefe de Estado. No es fácil que un alto representante del Estado español, como es un presidente autonómico, se desplace al Sahara y se deje fotografiar como Pedro por su casa pidiendo, además, «paz y libertad» para el pueblo saharaui durante un mitin con el ministro de Cooperación, Salek Baba, en Smara, uno de los campamentos más importantes de los territorios liberados. «Aquí no he visto terroristas», puntualizó. Eso sí, Valcárcel supo esquivar pequeños jardines en los que era muy fácil meterse con palabras como autodeterminación o independencia y que podrían haber desembocado en un desencuentro entre España y Marruecos. «Yo soy libre y puedo decir lo que quiera, pero le debo responsabilidad a mi país», aseguraba Valcárcel en 'petit comité'.
Dejando de lado cuestiones políticas, por las que el presidente murciano pasó casi de puntillas, el viaje buscaba reafirmar el compromiso de la Región con el desarrollo de esta tierra, un contrato que no figura en ningún papel pero que se viene cumpliendo escrupulosamente desde 1995. Desde entonces, la Comunidad Autónoma ha enviado camiones, tractores, grúas, ambulancias y hasta hornos de pan, además de toneladas de alimento y agua y abundante material didáctico y sanitario. De hecho, el Gobierno regional no sabe cuantificar en euros el montante total de esas asitencias. Pero la mayor ayuda, quizá, es la que han proporcionado los muchos especialistas murcianos (en materia hídrica, sanitaria o educativa) que a lo largo de estos quince años se han desplazado a este inhóspito universo de sol y arena para coordinar la puesta en marcha de proyectos como escuelas, hospitales o potabilizadoras, por poner sólo tres ejemplos. Proyectos que pretenden dar al pueblo saharaui una caña para 'pescar' su autoabastecimiento y su autogestión. Dos 'peces' que no se dejan atrapar. Es lo que tiene echar el anzuelo en medio de la nada.
Uno de esos programas de desarrollo -'Cirugía solidaria'- llevó este mes al Sahara a un grupo de sanitarios murcianos que pusieron a disposición de la población sus conocimientos médicos y asistenciales a través del hospital Mártir Bol-la. Lo hacen a costa de sus vacaciones, algo que motivó al presidente Valcárcel a plantear un cambio normativo para que los días que estos médicos, enfermeros y anestesistas pasan ayudando al pueblo saharaui computen como laborables y que sean «una prolongación de su actividad sanitaria». Las sensaciones entre este grupo de profesionales de la salud no podían ser más positivas. Según el doctor Pedro García, «ha sido una experiencia extraordinaria y estoy seguro de que, al igual que en Medicina no se diagnostica la enfermedad que no se conoce, esto no se puede conocer sin vivirlo como nosotros lo hemos vivido. Es un ejemplo para que mucha gente que se queja por pequeños asuntos vea que hay gente alrededor que, con muy pequeñas cosas, tienen suficiente. Aquí he recibido más agradecimiento que en cualquier otro sitio. Probablemente de una manera más especial, porque al haber menos capacidad de comunicación verbal, las expresiones, los apretones de mano, las manos en el corazón... 200 veces al día. Sin duda ha sido una experiencia profesional y personal entrañable. Y las 15 personas que hemos venido de La Arrixaca, que antes a lo mejor sólo nos saludábamos, a partir de ahora seremos entrañables amigos». Es algo que pasa en el Sahara. Se crean vínculos que en muchos casos se forjan a fuego. Pese a todo, siempre quedará una especie de poso de que algo queda por hacer. Lo expresa de manera meridiana la cirujano maxilofacial María Ángeles Rodríguez: «Tenemos la sensación de que podíamos haber hecho mucho más. Pero, aunque hubiéramos estado dos meses, la sensación sería la misma».
Otra de las visitas obligadas de este viaje de dos días era a una planta potabilizadora cerca de Rabouni. Una infraestructura que ha permitido que decenas de miles de saharauis tengan acceso al agua sin tener que depender de pozos y camiones cisterna. Actualmente, y gracias en parte a los programas de cooperación hídrica impulsados por la Comunidad, el abastecimiento de agua llega cada vez a más gente y el objetivo es que se abastezca al 90% de la población en el año 2014. La potabilidad de ese líquido elemento es otra cuestión. Aún se depende en gran parte de cisternas. Pero es que acometer un proyecto de semejantes dimensiones -crear una red de distribución de agua potable- en un lugar como el Sahara no es moco de pavo. Y además, en el desierto, todo es provisional. No lo sienten como su casa, al igual que cualquier nómada. «Cuando tengamos la independencia, esto se quedará aquí y nosotros volveremos a nuestros territorios», según uno de los guías. Una hipótesis que aparece y desaparece como un oasis en medio del desierto. Una hipótesis que cada vez se asemeja más a una verdadera utopía. Valcárcel, consciente de la desesperación del pueblo saharaui, hizo un guiño a la causa polisaria y aseguró, tras la visita a la potabilizadora, que trasladará las reivindicaciones de la República Árabe Saharaui Democrática al Comité de las Regiones de la UE. Agua fresca para la reseca garganta de los tuaregs. Algunos de ellos, ex combatientes y cargos del Gobierno saharaui en la actualidad, recordaban con amargura esa misma mañana «cómo Marruecos nos mataba en los 70 con las armas de nuestro país. Con armas españolas».
El recorrido de la delegación murciana incluyó visitas a otro hospital, el de Smara, y a varias escuelas de la misma 'wilaya'. En una de ellas, dedicada a la educación de niños discapacitados, el mensaje que colgaba de la entrada no podía ser más elocuente: «Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas». Puede que la única esperanza de este país en la sombra.