Según los sindicatos, cuyo diagnóstico de la realidad social suele ser certera, Correos lo está pasando mal en un proceso hacia la liberalización total del sector anunciada para el próximo año. Una representación sindical, que realiza movilizaciones en nuestra ciudad, pretende que se garantice el futuro del servicio, que se mantenga el empleo y una mejora de las condiciones laborales. Como ayer les informamos en estas páginas, las centrales, con Comisiones a la cabeza, piden una moratoria de la entrada en vigor de la llamada Directiva Postal, aplazando la liberalización del mercado después del 2011 lo que permitiría, según afirman, la recuperación económica de la empresa. Con las espadas en alto, los trabajadores asisten a esta comprometida situación; se confía en que de algún modo el Estado pueda atender estas reivindicaciones, a las que han puesto un titular muy sugerente, el de 'Apagón postal'. A ver si al final del túnel, hecha la luz, se superan las dificultades actuales y tienen una adecuada integración, a través de una nueva Ley Postal, las empresas privadas "cuya competencia no suponga una quiebra para el operador público". La defensa del correo rural, que se mueve en precario es otro de los desafíos sindicales.
Albacete, con una tradición postal que empieza con las diligencias, pasa por diferentes enclaves y tuvo su calle Postas, la actual Pablo Medina, por si alguien duda de nuestro pedigrí cartero. No es fácil olvidar la casa de Correos y Telégrafos del Altozano, edificada en 1927 en terrenos de una huerta. Hasta entonces, los servicios postales estuvieron desde 1910 en la calle San Antón, donde había un buzón y dos ventanillas, pero con anterioridad, en el XIX, existió una oficina en la que fue Casa de Girón de la calle Mayor, que alojó tras la guerra una popularísima tienda de comestibles, y cuyo tramo, en su enlace con la calle Rosario, era conocido por 'el de las Cartas'.
En el Altozano, anejo a la delegación de Hacienda, estuvo la casa postal durante más de cincuenta años, hasta la inauguración en 1978, en la calle Dionisio Guardiola, del edificio actual, cuya construcción quiero recordar pasó por una exigencia municipal, a causa de las alturas del proyecto que obligó a su retranqueo, que es visible.
Estos son otros tiempos, de zozobra e inquietud, en una historia entrañable, con los carteros de entonces y su trato familiar en una población intimista y gremial que aun no se nos había ido de las manos, y los magníficos funcionarios de ahora, en una colmena laboral que siempre disfrutó de gran prestigio y que en estos momentos se enfrenta a una especial coyuntura de la que hay que esperar que salga favorecida. Se lo merece.