Llegó un momento en el que el viejo Júcar, desplomándose desde Albarracín, exhausto, agotado, se miraba lentamente en los juncos de la ribera y reflejaba a duras penas el paisaje de su trazado, pueblos que llevan su apellido en un trayecto familiar. Cumplidor y modesto, ajeno a cualquier proyecto hidráulico que lo sacara de sus casillas, se deslizaba por su cauce cargado de cangrejos y pesca familiar, dando agua donde convenía, echando una mano a sus socios regantes. Pero una sequía tan pertinaz como las de Franco, que ya es decir, echó por tierra su voluntad solidaria. Llegó el día en que no pudo más y casi se acabó lo que se daba. Poblaciones enteras sufrieron esta pérdida y volvieron donde solían, a meter las manos en la tierra, cavar hasta lo inverosímil y sacar agua a cubos desde las ocultas capas freáticas, una solución recurrente, con el Padre Júcar sin fuerzas. Sacar el sagrado líquido elemento de los pozos alivió aquí la crisis, al fin y al cabo era un ejercicio que sirvió durante años, desde que Saturnino López le cediera a la ciudad sus Ojos, los llamados de San Jorge, el manantial que suministró a los vecinos, grifo a grifo, el apreciado regalo, desde aquella jornada de abril, cuando Alfonso XIII, que era todavía un chaval, apretó un botón en el Altozano y salió un chorro que permitía el abastecimiento a los veinte mil vecinos de la capital. Se resolvía así una aspiración social que había durado ochenta años. Ayuntamientos sucesivos introdujeron mejoras, creando una infraestructura puntual conveniente. Sin embargo, al término de la guerra civil ya éramos más de 60.000 habitantes, y se produjo una mayor demanda del servicio. Fue cuando rescataron el antiguo proyecto de un nuevo depósito, y se acordó su construcción en la Fiesta del Arbol, con un presupuesto de cerca de seis millones de pesetas, de las que el Ayuntamiento asumiría más de tres -firmando un empréstito- y el resto lo pagaría el Estado. Iba a alojar 453 metros cúbicos de agua, lo que aseguraba una distribución de 235 litros por habitante y día. El 5 de noviembre de 1944 estaba listo, elevándose hasta 67,3 metros. Pero fue un gigante inútil, porque jamás funcionó, tras unas pruebas de carga que resultaron negativas y la rotura de tuberías que sentenciaban su futuro. La torre quedó para la posteridad como una referencia visual y a distancia de la ciudad. Como es sabido, ahora se reformará para instalar un Centro de interpretación del agua y un mirador. El proyecto incluye un punto de información y stands, sala de conferencias, despachos y administración, un espacio para la exposición 'El agua y sus manifestaciones' y otro para un 'Recorrido por la historia de la ciudad', además de la sala de exposiciones temporales. Una cafetería y un restaurante figuran en el complejo.
Pero la gran noticia la trajo este martes a la ciudad el presidente de la Confederación Hidrográfica del Júcar, Juan José Moragues, quien informó que la cuenca tiene almacenados en estos momentos 1.428 hectómetros, reserva que garantiza agua para afrontar los próximos dos años, desde luego si se realiza una adecuada gestión. Los embalses de la demarcación se encuentran al 46% de su capacidad.
El Padre Júcar, recuperado, se mueve en nuestra geografía con una nueva cara. Son tiempos de bonanza, alejados de la sequía, esa maldita incidencia de la que tenemos experiencias lamentables.