El Ayuntamiento reparte entre los ciudadanos un interesante folleto, dentro de una campaña de concienciación medioambiental que incluye cinco bloques, sobre energía y ahorro, aguas, residuos, animales de compañía, movilidad urbana y ruido, tema éste al que prestamos hoy atención especial, por tratarse de una asignatura municipal pendiente, tantas veces denunciada y objetivo del mapa de localización de focos que permitirá una lucha directa y eficaz de los graves problemas que plantea, junto con la asociación 'Albacete contra el ruido', que trabaja en una acción alternativa, contribuyendo a su eliminación.
A lo largo de seis páginas, estudia el fenómeno del ruido ambiental, que define como 'el sonido exterior no deseado o nocivo generado por las actividades humanas, incluido el ruido emitido por los medios de transporte y por emplazamientos de actividades industriales. A niveles del ruido muy elevado -señala- se pueden producir daños en el oído, incluso sordera. También puede resultar nocivo para nuestra salud. Los ruidos propios de una ciudad, ya sea por su volumen, sus características o su repetición pueden provocar en los que los sufren malestar, nerviosismo, estrés, trastornos del sueño, pérdida de atención, dificultad de comunicación y pérdida del oído, lo que desemboca en cansancio crónico, , insomnio, trastornos del sistema inmune, trastornos psicofísicos -ansiedad, irritabilidad, jaquecas&hellip-afecciones cardiovasculares, retraso escolar, conductas agresivas y dificultades de convivencia. En cuanto al comportamiento de los ciudadanos, la campaña destaca una serie de motivos cuyo cumplimiento puede mejorar la convivencia, que es de lo que se trata. En este caso se puede concluir -y lo indicamos una vez más, porque ha sido una constante reiterada en estas crónicas- que las cosas siguen más o menos, y parece oportuno reiterar la necesidad de la aplicación a rajatabla de todo lo acordado a este respecto, de hacer realidad los buenos propósitos de construir una ciudad habitable y discreta, esa 'ciudad alma' que el anterior alcalde eligió como consigna en su invisible escudo al iniciar su mandato, ciudad sin aristas, con el tráfico controlado, la capital para peatones que no acaba de cuajar. Lo que tenemos, en fin, es nuestro propio ruido, un caos perturbador, que altera el bienestar, y que es artificial y obsceno, ya se trate de un tubo de escape o de un claxon impertinente, o de una obra al borde de la acera, o de ese avión que rompe la velocidad del sonido sin venir a cuento, desplazándose sobre nuestras cabezas. Cuando Dios hizo el mundo -esta es una situación que me divierte- no dijo, pongamos que al tercer día, hágase el ruido, y el ruido se hizo. Qué va. Cantaron los pájaros, sopló el viento, el arpa de hierba -no sé si el de Truman Capote- susurró en la inmensidad del universo, se oyó el rumor de las olas, incluso Adán silbó un poco antes de mordisquear la venenosa manzana, mientras Eva, que se olía el desahucio del paraíso, salió a comprarse ropa, pues ya en el Génesis la mujer no tenía nada que ponerse. ¿Y otros ruidos, de un martillo neumático, de una sierra, de un cohete? ¿Tal vez de una moto? Qué va. Nuestros primeros padres viajaban entonces en el carro de la Osa Mayor, que era el Ave de las galaxias, ese que nos traerán este año, si no viene con el retraso propio del ferrocarril. Pero la familia creció, hizo ruido en la cocina, puso a toda pastilla el equipo de música, le compró al nene un tambor, enchufó la aspiradora. Mientras, la Administración contribuía al esplendor del escándalo, se apuntó al sonido articulado y confuso, proveyó de pitos a los guardias, y lo demás lo hizo el fútbol con carracas y bocinas, el orfeón bárbaro, las discotecas y su bakalao, y para entonces la ciudad ya era hostil, con sus sirenas, sus petardos y dos tíos desgañitándose en plena acera. No es por tanto culpa de la Providencia, cuya buena voluntad es evidente en el silencio de los museos y en las iglesias, con fracasos estrepitosos en los cines y sus palomitas y en los teatros y sus toses.
Únicamente cuando truena nos acordamos de Santa Bárbara, pero truena, vaya que si truena, sin que sea necesaria una 'tormenta perfecta' como la del otro día. Y es a lo que íbamos. Que ya va siendo hora de que le metamos mano al ruido, que hagamos realidad la aspiración de este folleto, que mucha retórica, muchos acuerdos extravagantes, y mientras nos estamos quedando sordos, digo nosotros, que el Ayuntamiento quizá es un sordo de conveniencia. Esta es una ciudad ruidosa. Ya está bien del alboroto público, que si seguimos así nos va a dar algo, y, como recuerda este librito medioambiental, tan bien elaborado por los servicios integrales universitarios, en su catálogo de estragos.