Algunos se escandalizan porque habrá fútbol también los lunes y viernes. En efecto, la asamblea general extraordinaria de la LFP -una sigla digna de competir con las más decisivas existentes en el país- aprobó estos días, con un único voto en contra, un documento que se aplicará el segundo fin de semana de febrero, según el cual habrá partidos, además de los habituales, los lunes de Primera División, y los viernes de Segunda, siempre en 'prime time', o sea a la hora de la cena, como debe ser si se quiere fomentar la idea de familia.
En cualquier caso, quiero advertir que me parece una novedad injusta porque eso significa que nos dejan sin fútbol los jueves, agresión gratuita a la sufrida afición, un acuerdo nefasto, tan 'interruptus' como el más obsceno, que rompe el magnífico éxtasis en que nos suma ese objeto de deseo que es el balón, que muchos confunden con el becerro de oro de una sociedad que cree más en Casillas que en Rajoy, y que nos disculpe don Mariano si usamos su nombre en vano, exceso del que debe tener una amplia experiencia.
Y es que cada noche futbolera el español sentado olvida su cólera por las cosas que pasan y la concentra en un señor con una casaca extravagante cuyo pito -el de tocar, se entiende- ordena y manda en un juego diabólico del que depende su bienestar. No es lo mismo estar 'reinando', como decía mi abuela refiriéndose a la funesta manía de pensar, con la jodida hipoteca como 'leit motiv', que mirar a ese jardín de las delicias que es el césped, donde lo de menos es que se disputen tres puntos, que eso es indiferente comparado con la subida de la luz, sino una magia colectiva, el fondo norte contra el fondo sur, la soledad del portero ante el penalti que inspira toda una filosofía, el cabreo del mister en su área técnica que es en realidad una celda de castigo con el cuarto árbitro como guardián celoso, el gol anulado en los últimos minutos llamados 'de la basura', o sea, los que matan, y el desfile del carrito de la carne con un jugador caído en la refriega, acontecimientos todos ellos incomparables con el mundo exterior, donde sólo hay emoción si habla Elena, la ministra económica, y anuncia que nuestra felicidad está a la vuelta de la esquina, es decir, en un sombrajo del que se pueden caer los palos antes de la primavera.
Nuestro vecino del quinto, ante la perspectiva de un fútbol absolutamente semanal preparaba el macuto con las provisiones para disfrutar del espectáculo; las pipas que ya quisieran los marines en vez de sus píldoras de supervivencia, una bocina que convierte las sirenas de los bomberos en un silbido, la bufanda y el gorro con el escudo de su equipo, la almohadilla que puede ser la perversa alfombra de Aladino si hay que arrojarla al aire después de la derrota, un transistor, y el recibo de socio, tan válido como el mejor carnet de identidad si se trata del Atleti. Prefiero mirar para otro lado y no ser testigo de su zozobra cuando compruebe que los jueves se queda sin un insustituible aliento vital. No sé si podrá respirar, después de la frustración, si le entrará cansera y hasta sentirá la amenaza de un 'paralís', inmóvil en la mesa camilla, víctima de una imprevisión insoportable de la LFP, la madre de todas las siglas, ajena a la impaciencia del hincha que no podrá soportar un día sin fútbol a la semana.