Contra viento y marea. Contra todos los vientos y todas la mareas. Como peregrino en tierra indómita, como aquel legendario Sísifo que una vez y otra intentaba elevar una inmensa roca hasta la cima de una montaña, como una nueva Numancia en el corazón de La Mancha, así nuestro Museo del Niño resiste. No tiene presupuesto, ni reglamento de funcionamiento, ni personal que lo atienda, ni prácticamente director, porque se acaba de jubilar, y sigue enterrado en un sótano, pero el Museo se ha convertido en un reducto de dignidad y coraje. Porque, pese a todo, su actividad pedagógica e investigadora no ha disminuido. En mayo publicó el último número de El Catón, dedicado a las escuelas de magisterio. Durante la Feria, instaló la exposición Era un niño que soñaba un caballo de cartón, que recibió más de 16.000 visitas. En octubre expuso una significativa muestra de sus fondos en el Corte Inglés. Y ahora homenajea al profesorado en la persona de dos maestras, María Cerezuela Argandoña y María González González, y un profesor de griego, Jesús José Rodríguez y Rodríguez de Lama. No se puede pedir más por menos. No se puede obtener más rentabilidad social y cultural con menos inversión.
El acto se denominaba Vidas maestras, porque para quien tiene vocación el magisterio no es una simple actividad laboral, sino una forma de entender la vida. Las personas homenajeadas fueron, mientras ejercieron, verdaderos agentes de civilización. En el audiovisual que se proyectó con una selección de sus «historias de vida», María Cerezuela cuenta cómo los niños llegaban en invierno a su escuela de Melegriz «con las manos moradicas, ateridos», y cómo solo recuperaban el calor cuando los envolvían en toallas previamente caldeadas sobre las estufas. También explica cómo, teniendo ya en clase 50 alumnos, aún acogió a dos niñas más porque observó que una de ellas «no había salido de la aldea nunca y apenas sabía hablar». «Mi conciencia no me permitía dejarla en la calle», afirma María. María González, por su parte, refiere cómo cuando llegó a su primer destino, Marimínguez, entendió que «la labor de una maestra está mucho más allá de los muros de una escuela». Impartió clases nocturnas «a la luz de un carburo», ejerció de catequista, organizó salidas al campo y, en definitiva, «les di todo lo que tenía de cercanía». Una de las cosas que más le enorgullece es que consiguió llevar la luz eléctrica a la aldea. Y aquella gente, desde luego, no olvida que María les llevó la luz. Finalmente, Jesús José relata el largo periplo que, como si de un Ulises hispánico se tratara, le condujo desde una punta a otra de España, y desde el sacerdocio, que todavía ejerce, a la docencia del griego. Camina erguido como un soldado de la legión tebana, pero habla como un sabio del ágora ateniense. En sus clases enseñaba las declinaciones y las conjugaciones, pero también un estilo activo, solidario, optimista y amable de enfrentarse al mundo. «Jalepà tà kalá», solía recordar de vez en cuando: «las cosas difíciles son bellas». Buen lema para inscribir en el sencillo frontón que señala la entrada del Museo del Niño.
Hasta ahora ningún Goliat ha podido con este pequeño David. El Museo sigue, pero ¿hasta cuándo? ¿Hasta que un día se inunde definitivamente y las colecciones se echen a perder? ¿Hasta que ocurra cualquier accidente o problema de seguridad y se tiren por la borda 25 años de trabajo titánico? ¿Hasta que Juan Peralta, su director, se harte y entregue las llaves a la Junta de Comunidades? El Museo del Niño exige una solución ya. Si actualmente la rehabilitación del Colegio Primo de Rivera resulta económicamente inviable, la solución, en opinión de muchos, puede/debe ser el traslado a la Casa Perona, operación que supondría una inversión irrelevante. En fin, la Presidenta de la Junta y el Consejero de Educación son de Albacete. Nadie pide favoritismos localistas, pero tampoco nadie entendería que, precisamente ellos, mantuviesen el Museo en el estado de desidia institucional en el que actualmente se encuentra.