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ELOGIO DE LA SOMBRA

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De los premios, en esta ocasión me refiero a los literarios -aunque bien podría hacerse extensivo a otros ámbitos- ya escribió Cervantes que "el primer premio se lo lleva el favor; el segundo la mera justicia", viniendo a decir que éstos son en sí un fiasco o una operación de marketing con múltiples sospechosos fines e intenciones. Pero a veces la concesión de alguno de ellos nos depara sorpresas y suele hacer justicia a todo el esfuerzo de una carrera literaria edificada, paso a paso, en la artesanía de la palabra, argumentos que nos hacen mejores y el compromiso del autor con su tiempo y la historia, esto último que tanto gusta a los suecos, a veces hace que el premio gordo de los premios, es decir, el Nobel, reúna un cóctel de cualidades éticas más que literarias, pero cuando se conjuntan éstas todos contentos. Ya se sabe que éste a veces prestigioso galardón obedece, la mayoría de las ocasiones, más a razones geopolíticas que literarias y no ver en la lista de agraciados a escritores como James Joyce, Marcel Proust, Frank Kafka, Graham Greene, Vargas Llosa, Ernesto Sábato o Borges lo hace estar bajo sospecha de premeditados olvidos y no quiero dejar pasar la ocasión de citar al cáustico, pero genial escritor, Jorge Luis Borges a propósito de lo que nos ocupa: "No me dan el premio Nobel porque en Suecia sigue habiendo gente sensata. Seguiré siendo el futuro premio Nobel, aunque desde el momento en que nací he dejado de ganarlo". Sin duda los suecos, tan fríos y opacos no entendieron el trabalenguas de elogio que irónicamente Borges dedicó a Pinochet.
He de reconocer que los últimos premiados -Saramago, Grass, Pinter, Coetzee, Elfriede Jelinek, Kertész, Doris Lessing, Orhan Pamuk- son parte de la excelencia literaria de la literatura contemporánea y algunos de ellos como Grass, Saramago o Pamuk nos siguen sorprendiendo con recientes obras modélicas y comprometidas. Son unos pocos pero son, y hacen que este premio, tan mediático y celebrado, año tras año sea esperado con expectación, aunque a veces el ganador o ganadora nos suene a chino -y nunca mejor dicho como sucedió con Gao Xingjian- o a sueco, y nos pille casi en blanco a la hora de hacer una urgente crónica literaria para algún medio o comentario radiofónico. Tal es el caso, creo, de lo sucedido en esta ocasión, es decir, el premio Nobel de 2009, con la escritora Herta Müller, rumano-alemana, esto es, aunque nacida (1953) en Nitzkydorf, muy cerca de Timisoara, Rumania, forma parte de la etnia alemana que desde el siglo XIII habita en la famosa región del conde Drácula, Transilvania y los Cárpatos. Esta mujer, al parecer guerrera como ha demostrado hace unos días en la feria del libro de Fráncfort al criticar la participación, como país invitado, de China ("Es triste que se busquen argumentos de compromiso para traer al régimen comunista aquí y hacer que parezca presentable", dijo) que seguramente acercan a su mente las penurias morales y humanas que esta escritora sufrió bajo el régimen de terror de Ceaucescu, único argumento de su extensa obra literaria, compuesta de novelas que destilan una ácida defensa de los derechos minoritarios de la comunidad alemana en una Rumania desolada y represiva, y aunque desde 1987 Herta Müller vive en Berlín su literatura, también se incluye aquí su obra poética, roza el intento existencial de sobrevivir a una realidad opresora e infernal, que hizo de esta atmósfera el territorio propicio para edificar su literatura, como así se lo reconoció el jurado sueco que la premió: "En reconocimiento a su obra, que es concentración de la poesía y de la franqueza; y que describe el paisaje de los desposeídos". Tiene un curriculum de inmaculada honestidad, fue expulsada de su trabajo por negarse a colaborar con la sanguinaria Securitate y eso propició su exilio y, ya en Berlín, se integró nuevamente en su mundo de habla germana y vio caer el muro entre esperanza y sonrojo. Dice Jesús Munárriz, uno de los grandes especialistas en literatura alemana en nuestro país, que Müller "cuenta historias, pero su lenguaje es deudor de la poesía. Su prosa tiene de lírica, de creatividad, huye de lo fácil y lo plano, enriquece el idioma. Fantasía y realidad en unos textos que están muy cercanos a lo que en español llamamos realismo mágico".
Puede haber en su literatura reflejos de Juan Rulfo y García Márquez, y un corazón partido al expresarse en alemán y rumano. Expulsada de su país halló uno que parafraseando ese gran título de Vasili Grossman, otro 'nobel ninguneado', su vida y destino han encontrado por fin el reconocimiento a tan trashumante carrera literaria. Aunque muchos lectores españoles sabemos de su ética y coraje, poco sabemos de sus obras literarias pues hasta el momento sólo se habían publicado, que yo sepa, dos obras en nuestro país: "En tierras bajas" (1990 y 2007) y "El hombre es un gran faisán en el mundo" (1992 y 2007) bajo el sello de Ediciones Siruela, traducidas del alemán por Juan José del Solar. Los expertos dicen que es una gran escritora, que su búsqueda de expresar su oficio en democracia la hizo crecer como persona y autora, no en vano su última novela "Atemschaukel", horas después de anunciado que Müller había ganado el Nobel, se agotó en todas las librerías alemanas, pues su argumento centrado en el poeta Oskar Pastior, confinado en los campos de concentración soviéticos tiene mucho que ver con su propia vida. Una vez más lo irónico y cruel de esta historia es que los que rechazaron a Herta Müller y la tildaron de traidora en Rumania ahora celebran y hacen suyo el Nobel concedido a una disidente con sobradas razones para serlo. Una vez más Borges tenía razón: "El verdadero tema del escritor es ser fiel a sus fantasmas, liberándose de ellos al escribir".

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