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Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida». Éste es el mensaje publicitario que diferentes asociaciones de ateos y librepensadores están expresando en los autobuses. Desde el respeto que merecen todas las creencias e ideologías, en principio nada que objetar a una iniciativa original y novedosa, porque todos tenemos derecho a expresar libremente nuestras ideas y convicciones. A diferencia de la Conferencia Episcopal, que ha manifestado que esta publicidad es una agresión a la religión y una blasfemia, consideramos que no cabe objeción a la primera parte del mensaje, porque está expresado con respeto y no supone agresión alguna a los creyentes. La probabilidad de que Dios no exista es un elemento inherente a la fe cristiana. La fe es una certeza personal, una experiencia vital del individuo, una creencia, pero no una evidencia. Creer en Dios es creer en la existencia de un ser no evidente ni demostrable científicamente, por ello lo llamamos fe. No se le aplica el término fe a algo que todos podemos comprobar que es real y existe. Son muchos los creyentes que experimentan dudas en alguna ocasión, esto es humano y siempre ha sido así. La madre Teresa de Calcuta confesó sus dudas, por citar a una cristina reconocida mundialmente. La duda ha sido una constante en la reflexión teológica y en la tradición de la Iglesia. Los cristianos tenemos una experiencia gozosa de Dios, y Jesucristo es para nosotros el eje central de nuestra vida, pero esto no evita que la duda intelectual aparezca alguna vez. Por ello la expresión «probablemente Dios no exista» no agrede la fe.
Sin embargo, en la segunda parte del texto publicitario «Deja de preocuparte y disfruta la vida» no queda claro qué quieren decirnos sus autores. A primera vista parece que tienen la idea de que los cristianos nos perdemos la oportunidad que nos da la vida de ser felices, y que dejar de creer en Dios nos va a permitir disfrutar más de ella. La increencia en Dios no supone vivir sólo para divertirse, para el propio provecho. Afortunadamente hay muchas personas no creyentes (agnósticas, ateas) que han hecho de sus vidas un compromiso de solidaridad con los más desfavorecidos de la sociedad, por la erradicación de la pobreza, por la paz, por un modo de vida no consumista, por la defensa del planeta, en definitiva por un mundo más justo. Son personas que no creen en Dios pero disfrutan la vida y son felices preocupándose por las necesidades de los demás. Estas personas son un ejemplo para todos, creyentes y no creyentes.
Concerniente a los que tenemos fe hay que decir que no somos personas tristes que nos sentimos obligados a vivir con una pesada carga de privaciones impuestas, y que estamos preocupados por un premio o castigo en el más allá. Todo lo contrario, la fe en Dios y la opción personal de seguir los pasos de Jesús de Nazaret tratando de mitigar el sufrimiento de nuestros semejantes es para nosotros una experiencia gozosa que da sentido a nuestra vida. La fe nos da la felicidad, y nos permite gozar y disfrutar porque nos sentimos amados, fortalecidos, construidos, interpelados y salvados por un Padre que nos llena de amor. Amor que necesitamos compartir con nuestro prójimo, que nos hace salir de nuestro yo egoísta, que potencia lo mejor de nosotros para sentirnos colaboradores en la tarea de un mundo mejor conforme al plan de Dios. Si a esto añadimos el gozo de la fraternidad compartida entre los hermanos en la fe, el perdón mutuo, y que también sabemos divertirnos en los buenos momentos que la vida nos ofrece, que son muchos, bien podemos decir que los cristianos disfrutamos profundamente nuestra existencia. Es más, muchos de nosotros pensamos que si la posibilidad de que Dios no existiese fuese cierta viviríamos del mismo modo, porque hacer el bien, perdonar, ser justos y trabajar por unas condiciones sociales que permitan la dicha de todos da sentido a la vida. Ésta es la verdadera, la auténtica dimensión del ser humano.

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