Lo fácil sería justificarlo todo por razones históricas y culturales, por nuestro aislamiento secular respecto a Europa, o por la ineficacia de nuestro sistema educativo. Eso sería lo más obvio, lo facilón, pero el rigor científico propio del Colectivo Puente Madera nos impide aferrarnos a esos sobados tópicos sobre nosotros mismos. ¿Puede Felipe II haber influido en que el hijo del vecino del quinto, tras estudiar inglés seis años en Primaria, cuatro en la E.S.O, y dos en el Bachillerato, apenas pueda balbucear el to be? Definitivamente, no. ¿Serán las caenas de Fernando VII las responsables de que los estudiantes de francés, tras doce años de être et avoir, digan l´habitasión en lugar de la chambre? Mucho menos, sobre todo porque ese nefando rey era Borbón y, por tanto, de origen francés.
Otra opción, nada desdeñable, sería responsabilizar de todo este desastre a los sucesivos Ministerios y Consejerías de Educación. Cierto es que, gracias al inefable Bono y a su consejero Valverde, los niños de Castilla-La Mancha tuvieron catequista antes que profesor de idiomas, pero eso ya está subsanado. Ahora ya se dedican tantas horas al idioma como a la religión. ¿Qué sucede entonces, pardiez? ¿Cómo es posible que tras doce años de aprender un idioma apenas se pueda, en caso de urgencia intestinal, preguntar dónde está el water closet o la toilet?
La respuesta quizá pueda encontrarse, señoras y señores, por medio de otra pregunta, al estilo de los clásicos. ¿Saben acaso los universitarios españoles, tras pasar veinte años de sus vidas en las aulas, expresarse correctamente por escrito y oralmente en castellano y/o demás lenguas maternas? Y si no es así, ¿por qué habríamos de esperar que pudieran comunicarse en otras lenguas extrañas? Si a las oposiciones de Educación Secundaria se presentan diplomados y licenciados que escriben herror, há, ovservar, abido y demás barbaridades, ¿cómo demonios queremos que sepan escribir, leer o hablar en otra lengua? Reconozcámoslo de una vez: el origen del problema está en que nosotros no discriminamos el estudio de los idiomas, sino que a éstos los tratamos con ejemplar igualdad democrática. Los estudiamos poco, poco, poco; tan poco como las matemáticas, la química o la historia. Sólo que cuando vamos al extranjero o queremos ligar en Benidorm a lo Alfredo Landa, no se nos pregunta sobre los sistemas de ecuaciones, los catalizadores de las reacciones químicas o la fecha de la batalla de San Quintín. Ahí, cuando se nos obliga a rebuscar en nuestro cerebro sustantivos y verbos, para después conjugarlos y pronunciarlos, es cuando damos, realmente, la nota. Una nota de un dos y medio, si acaso. Así es que ya está bien de cargarle el muerto de los idiomas a los Reyes Católicos y a la LOGSE. Que cada cual con su pan, o su pain, o su bread se lo coma si se le escapa aquel rubio de Birmingham o esa pelirroja belga o, en el peor de los casos, llega demasiado tarde a la puerta de la toilet.
* El Colectivo Puente Madera está formado por Enrique Cerro, Elías Rovira y Javier Sánchez




