
LAS FRASES
Acompañado por el obispo de la Diócesis, Ciriaco Benavente, y por el presidente de la Junta de Cofradías, José Valtueña, el pregonero inició su discurso guardando un minuto de silencio en memoria del ex edil socialista asesinato por ETA. Después se remitió a la década de los 60 cuando la precariedad afectaba a la cantidad de los caramelos que se repartían: «Había que conformarse con conseguir un quilo y dosificarlo para los tres desfiles y, para paliar, no pocas veces se recurría a la picaresca envolviendo granos de habas que, si eran tiernos, resultaban bocado no menos exquisito».
Martínez Martínez reconoció no ser ni intelectual ni teólogo pero sí «un hijo de Albacete, un empresario que ama su tierra y que ha tenido el inmenso honor de pregonar la Semana Santa de su ciudad, con el único mérito de amarla como el que más».
En su pregón, precedido por la representación teatral de la última cena que Jesucristo mantuvo con sus apóstoles, en la que San Juan Evangelista cobra un papel especial -hay que recordar que esta imagen preside este año el cartel anunciador de la Semana Santa de Albacete y los programas de mano- y por las saetas de Encarnación Gil, el empresario aseguró que aprendió de su madre, a la que perdió muy joven, a amar y vivir la Semana Santa de Albacete: «Somos muchos los que llevamos la Semana Santa escrita por dentro en nuestras vidas», dijo José Manuel Martínez que, de nuevo regresó a su infancia para extraer de su memoria «recuerdos y añoranzas de mis años de nazareno de la cofradía de la Virgen de la Soledad. Con qué ilusión vivíamos la preparación de la túnica, el báculo, el caquirucho, que es como aquí llamamos al capirote de los nazarenos».
Aquellos años
Después de rememorar los hábitos familiares gastronómicos que llevaba a cabo en las jornadas de Jueves y Viernes Santo, el presidente de Ajusa indicó que sobrevivir en la década de los 60 era «una hazaña para la mayoría; el pan no se tiraba, al contrario, si se caía al suelo nuestros propios padres nos decían: el pan no se tira porque es de Dios, y se recogía con un beso; era muy corriente ver a personas pidiendo por las calles para poder comer».
De la Semana Santa albaceteña de entonces recuerda aquellos días del Jueves y del Viernes Santo cuando las campanas no se tocaban: «Las telas moradas cubrían las imágenes de los santos y los chiquillos íbamos por las calles con las carracas llamando a las gentes a los oficios. Nunca alcancé con aquellas celebraciones en latín a entender que el Jueves Santo era también el día del amor fraterno, pero sí que me llamaba la atención el acto de humildad del lavatorio de pies que hacía el cura de mi parroquia arrodillado».
Por último, José Manuel Martínez quiso invocar la belleza y el clamor de los sentidos en la Semana Santa de Albacete, «para el olor, las flores y los cirios; para el oído, los tambores, las saetas y el silencio, sin olvidar los sutiles sonidos de las túnicas: la sarga, el algodón el paño, y el terciopelo».




