Sábado, 22 de septiembre de 2007
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CULTURA
Profecías que se cumplen
El ser humano es muy sugestionable y tiende a caer en sus propias trampas mentales tanto para lo bueno como para lo malo
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No somos dueños de nuestro futuro, pero en ocasiones lo parece. Cuando deseamos ardientemente que algo bueno nos suceda, aumentan las probabilidades de que eso ocurra. Y al revés: no es infrecuente que un miedo anticipado con insistencia acabe dándonos la razón porque en efecto se cumple aquello que nos habíamos temido.

No se trata de un fenómeno paranormal. Este tipo de situaciones no se produce gracias a la fuerza de unas supuestas premoniciones. Prueba de ello es que el premio gordo de la lotería toca a los elegidos por el azar, pero no a los que más ahínco han puesto en soñar con ser los agraciados. Sin embargo, si un economista influyente predice la caída de determinados valores en bolsa, su vaticinio acabará convirtiéndose en realidad porque los inversores, influidos por la autoridad del experto, buscarán refugio en otras apuestas bursátiles y de esa manera provocarán el consabido efecto anunciado.

Basta con que nos consideremos inútiles en una determinada actividad para que, al perder seguridad en nosotros mismos, nos equivoquemos al ejecutarla. Del mismo modo, un razonable nivel de autoestima y de fuerza de voluntad garantiza no pocas veces el éxito de nuestras empresas. Es el fenómeno que la Psicología y la Sociología han dado en llamar la «profecía autocumplida», que nada tiene que ver con las dotes adivinatorias.

Se trata de una profecía que acaba cumpliéndose debido a que desde el mismo momento de formularla desencadena reacciones de sugestión o de seguimiento que conducen hacia el hecho anunciado. Una profecía autocumplida es, por ejemplo, la del niño que, acostumbrado a oír recriminaciones de sus maestros («nunca llegarás a nada», «vas a fracasar en la vida»), acaba convirtiéndolas en firmes creencias que de adulto le incapacitan para cualquier clase de mejora personal.

Los sociólogos de la Escuela de Chicago ya comprobaron la influencia que las ideas y las palabras ejercen sobre la realidad. Lo que en principio se muestra como una representación, sea acertada o equivocada, puede llegar a tener efectos reales si se dan determinadas circunstancias.

Mediado el siglo XX, Robert K. Merton, el acuñador del concepto de «profecía autocumplida», mostró como ejemplo de esta regla el caso de la integración de los trabajadores negros en Estados Unidos: una especie de círculo vicioso en el que los prejuicios raciales de los sindicalistas blancos daban lugar a actitudes de rechazo que a su vez provocaban en los negros un sentimiento de segregación, con la consiguiente dificultad para asimilar las reglas básicas en las relaciones laborales. Al final, la afirmación inicial se cumplía porque era cierto que los trabajadores negros causaban más problemas.

Son abundantes los ejemplos de este mecanismo que se podrían traer a colación. Por supuesto, no funciona en las leyes de la física ni en las relaciones de causa-efecto que se dan en el mundo de lo material. Pero las profecías autocumplidas sí abundan en los ámbitos donde intervienen las emociones, las creencias o las expectativas.

Prejuicios y fobias

Los educadores conocen muy bien la importancia de cultivar en sus alumnos la autoestima mediante profecías estimulantes que les hagan más seguros de sí mismos. Es conocido el experimento de Rosenthal, quien, tras seleccionar aleatoriamente una serie de estudiantes de una escuela, comunicó a sus profesores que varios de ellos eran superdotados, cuando en realidad los tests los situaban en niveles de capacidad medios. Al cabo de un curso, el rendimiento de los jóvenes elegidos resultó considerablemente superior al del resto.

El ser humano es muy sugestionable. Tiende a caer en sus propias trampas mentales, tanto para lo bueno como para lo malo. Quizá por eso los manuales de autoayuda insisten tan reiterativamente en principios como el de tener una buena imagen de uno mismo, adquirir confianza en las propias fuerzas o valorarse sin tener en cuenta la opinión de los demás. Está bien si sirve para crecer, o al menos para salir airoso de algunos atolladeros de la vida.

Pero no más. Tal vez no somos conscientes de la influencia que nuestras expectativas pueden llegar a tener sobre los demás y sobre nosotros mismos. En el caso de la gente pesimista, su estilo de pensamiento se nutre muy abundantemente de anticipaciones negativas: prejuicios, fobias, temores e ideas fatalistas que acaban confirmándose en la medida que el sujeto pone todo su empeño mental en que la realidad se acomode a sus prevenciones. El desconfiado por naturaleza siempre encontrará motivos para sospechar de los demás, porque éstos a su vez, al conocer su manía, se mostrarán con él más recelosos y precavidos que con el resto de personas. Claro que a algunos les va bien así. Usar las profecías autocumplidas como excusa es una forma más de quitarse de encima la complicada responsabilidad de tomar las riendas de la propia vida.

 
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