Domingo, 26 de agosto de 2007
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ALBACETE

EDICIÓN IMPRESA

FONDA DEL RELOJ
Desayuno sin diamantes
La película dura 115 minutos, la estrella es Audrey Hepburn, el galán un repeinado George Peppard, sale también Mickey Rooney. la música la puso Mancini y la historia funcionó. En un plano aparecía la chica junto al escaparate de la que es la joyería más famosa del mundo, Tiffany. Hasta allí me fui con mi mujer del bracete y allí le hice una foto a mi querido Vicente Garnero, compañero de viaje, fingiendo que le había comprado a Pepa, su esposa, una fabulosa pulsera, digna del impresionante collar colocado al fondo del cristal blindado.
Desayuno sin diamantes
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Así que ir a Tiffany estaba chupao, aunque Blake Edwards nunca supo lo que se perdió, habría filmado la mejor secuencia de su divertida comedia. Cruzamos a pie, a escasa distancia de mi hotel, hasta alcanzar esa esquina universalmente famosa, en un paseo inefable y, descartado el vistazo a la tienda, sin rumbo fijo por los alrededores, en una mañana diáfana, con un tráfico moderado en aquellas horas de la mañana y entre gente de variado pelaje, la mayoría cargada con paquetes, es decir, afianzando la idea comercial de una ciudad-mostrador, y buscando el taxi amarillo y tan del cine que siempre llega, con un sudaca al volante y si reconoce tu identidad foránea, que en nuestro caso salta a la vista, con muchas ganas de hablar. Llegamos al Upper Midtown, que son palabras mayores, porque en seguida sombrean tus pasos en la acera las poderosas siluetas de los rascacielos de la Quinta Avenida, de la Avenida Madison o de Park Avenue, pongamos que hablo del Trump Tower, con 72 plantas, que aloja un jardín en con árboles asomados a las ventanas.En aquel momento -con frecuencia cambian sus inquilinos- alojaba tiendas de la marca deportiva Nike. Sobresale cerca la mole de granito negro de la IBM, y también el Pakey Park, que como su nombre indica tiene un parque de bolsillo.No pasa desapercibida, qué va, la cúpula bizantina de San Bartolomé, una de las iglesias de la zona, aunque la competencia de la catedral católica de San Patricio es irresistible, en pleno ombligo de la Quinta, siempre abarrotada de público y como protegida por la escultura del Atlante.. También a estas horas, gente que acude a los oficios casi ininterrumpidos, o simplemente a orar. San Patricio bien vale una misa, pero hay que esperar casi una hora y renunciamos, otra vez será, que hay mucho que pedir. Allí caben más de dos mil quinientas personas sentadas, o sea, que no nos faltará sitio. Al lado de la capilla de Lady Chapel, o de la Virgen, está la estatua de la Pietá, y antes de partir un último vistazo al baldaquino de bronce, al órgano con siete mil tubos, y al rosetón de ocho metros, resplandeciente en el interior y que veremos también desde fuera.dominando la neogótica fachada.En la calle, por todas partes surgen cajones de cristal, como el Lever House, y la misma plaza de Park Avenue es un espectacular prisma de vidrio. Todo el formidable conjunto de la Midtown es un desafío arquitectónico, y su recorrido ofrece inmensas posibilidades al turista, si se quiere en plan de voyeur incondicional y de balde frente a la grandeza que exhibe la ciudad ante sus ojos.

Tiffany es una propuesta muda, una caja a prueba de bombas y de carteras. No muy lejos se alza uno de los hoteles emblemáticos de Manhattan, el Waldford Astoria, con una solemnidad exterior que abruma. Es una vieja institución neoyorquina. Allí es fácil encontrarse con coche de caballos.Desfilan por la Quinta Avenida con la naturalidad de Potaje por el antiguo Paseo de José Antonio en los años cincuenta.Y al final, casi al lado, el hotel Plaza, otro de los históricos, aunque tuvo problemas, redujo habitaciones y vendió apartamentos. Cierra el Central Park por el sur y sigue siendo un clásico, aunque la Gran Manzana tiene otros hoteles más lujosos y modernos.

En Tiffany hay siempre curiosos, asomados a las vitrinas, descubriendo modelos para sueños y desayunos con diamantes, como los del filme que recordamos y la bella Audrie viviendo un bello romance. Cuando se abrió, en septiembre de 1837, la tienda se llamó Tiffany Young; pensar que el día de su inauguración sólo recaudó 4.98 dólares no deja de ser una anécdota: Por ese precio no vende ni una baratija, que aquí no las hay, no se andan con bromas si se trata de esmeraldas, de rubíes, o de diamantes, para que el filme tuviese un título que sería famoso. Nos quedamos un rato en el Midtown mirando cosas, viendo cómo la ciudad poco a poco estiraba las piernas y a mediodía era un hervidero en este sitio, donde cualquier sorpresa, desde luego arquitectónica, provoca una exclamación y la primera coca cola del día refresca el gaznate.

 
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