Domingo, 1 de abril de 2007
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ALBACETE

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DE CARA AL EVANGELIO
La Pasión según San Lucas
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Estos días hemos vivido el admirable gesto de un padre que por salvar a su hijo se lanza a unas aguas torrenciales y muere en el intento. Un hecho admirable y sobrecogedor. Es la ilógica del amor. La historia está repleta de hechos similares, madres, padres dispuestos a dar la vida por salvar a sus hijos.

Nos preparamos a celebrar la fiesta del amor. Esta es la fiesta del amor más grande, del amor ofrecido desde la más absoluta libertad, la fiesta de un amor entregado sin límites. La liturgia de estos días, antes de Semana Santa, nos presenta en el evangelio de Juan la tensión creciente entre Jesús y los dirigentes. Jesús sigue hablando alto y claro.

Los judíos quieren prenderlo, pero unas veces no se atreven por miedo a la buena gente que comprende el mensaje de Jesús y lo sigue, otras porque se les escapa de las manos como una anguila, simplemente porque no había llegado la hora.

Ahora sí, ha llegado el momento de la entrega. Es la hora de la dignidad, de la grandeza, la hora de la suprema libertad. Jesús entra en Jerusalén, donde va a ocurrir todo lo peor. Es una muerte anunciada. «Mi vida, dice Jesús; nadie me la quita, soy yo quien la entrego». Este año es Lucas quien nos relata la pasión. Con un estilo culto y literario ha dulcificado muchos aspectos de la pasión, un poco distinta a como la cuentan los otros evangelistas. No hay tanta crueldad y violencia. No existen esos gritos desgarrados de Jesús tales como que pase de mí este cáliz o por qué me has abandonado. Lucas nos hace ver esa mirada misericordiosa hacia Pedro, que le clava con tanta ternura que lo hace llorar como un niño.

Vemos a Jesús que, olvidado de sí mismo, habla con el buen ladrón para ofrecerle un paraíso. Sus últimas palabras son de perdón para sus verdugos, porque son unos pobres ignorantes, pues no saben lo que se hacen. ¿Qué bueno es Jesús! Claro que sabían lo que se hacían, pues los responsables de su muerte eran gente culta. Al fin Jesús muere echándose en los brazos del Padre lleno de confianza.

Esta manera de morir Jesús, era tan extraña, tan admirable, tan noble, tan distinta a todos aquellos que morían blasfemando, pidiendo justicia o venganza, que un extranjero, un centurión romano, al verlo, después de ver morir a otros mil, no tiene más remedio que exclamar: «Este hombre verdaderamente es el Hijo de Dios».

Nuestro Señor muere para dar vida al mundo. En la Pasión de Gibson, en el Huerto de los Olivos, vemos al hombre vestido de negro, es el demonio, que le tienta a Jesús para que no sea tan ingenuo, escape y evite la terrible muerte. Le sugiere que su sacrificio no servirá de nada. La gente lo va a despreciar, va a pasar de Él. No merece la pena, pues la historia no le hará justicia. Parece que el demonio llevaba razón.

Estos días se han celebrado los cincuenta años de la Unión Europea. El Papa Benedicto en su discurso para esta efeméride ponía el dedo en la llaga. La mayor desgracia, decía, que puede ocurrir a Europa es renunciar a sus raíces cristianas, porque pierde su identidad, y va a la deriva si pierde el sentido de los valores cristianos, por cuya defensa murió Jesús. No sabemos lo que pasará con Europa dentro de unos años, ni a donde nos llevarán sus dirigentes.

Lo que sí sabemos es que la memoria de Jesús, ese amor entregado, seguirá viva en la conciencia de mucha gente que quiere seguir el mismo camino de Jesús. Dentro de poco vamos a vivir la beatificación de cinco sacerdotes de Albacete. Los cinco murieron por la causa de Jesús, y los cinco murieron con el perdón en los labios, como el Hijo de Dios. Bartolomé, Mamerto, Rigoberto, Fortunato y Miguel fueron mártires, testigos de Jesús. Aunque unos se empeñen en borrar sus huellas o raíces cristiana, otros están ahí para recordarnos un camino a seguir, el de Jesús, el camino de un amor entregado.

 
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