Jueves, 22 de marzo de 2007
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CULTURA
Genios sin fronteras
El físico Arthur I. Miller compara la vida y obra de Picasso y Einstein para demostrar que la creatividad no tiene compartimentos ni etiquetas
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Entre los genios siempre existen más semejanzas que diferencias. Lo asegura el físico y profesor del University College de Londres Arthur I. Miller, en el libro 'Einstein y Picasso' (Tusquets Editores, 2007), que interrelaciona la vida y obra de los dos genios, destacando sus paralelismos y similitudes. Ambos fueron niños rebeldes y poco ortodoxos, que no encajaron en el mundo académico. Sus comienzos profesionales fueron inestables y precarios. Eran rompedores, airados y políticamente incorrectos. Einstein (1879-1955) iba siempre desaliñado, sin calcetines, con el pelo revuelto, y nunca se limpiaba los zapatos «porque se manchaban enseguida»; a Picasso (1881-1973) le gustaba pintar desnudo, con un pañuelo en la cintura y la puerta abierta para impresionar a cualquier mujer que se acercara a su estudio.

Existen muchas coincidencias creativas entre estos hombres que revolucionaron la ciencia y el arte del siglo XX. Para demostrarlo, Miller analiza la Teoría de la Relatividad Especial, postulada por el físico en 1905, y 'Las señoritas de Avignon', cuadro realizado por el pintor malagueño en 1907. Llega a la conclusión de que el pintor se apoyó en la matemática y la geometría, y el científico utilizó la estética como un elemento más de sus teorías. «Einstein fue un científico que tuvo muy en cuenta el pensamiento espacial y Picasso un artista para el que la concepción lógico-matemática era crucial».

En muchos aspectos, las vidas de ambos creadores parecen calcadas. Ninguno destacó por su expediente académico, advierte Miller. Einstein no aprendió a hablar hasta los dos años y medio y, «en su entorno, temían que nunca lo hiciera». Era un niño solitario «que resolvía rompecabezas y levantaba castillos de naipes». En la escuela le consideraban «moderadamente inteligente». Su profesor de griego del Luitpold Gymnasium de Munich le reprochó: «Tu sola presencia hace que la clase no me respete». Y vaticinó: «Nunca llegarás a nada». Dejó tal rastro en el Politécnico de Zurich que no lo aceptaron como docente. Casi nunca iba a clase; aprobaba gracias a los apuntes de su amigo Marcel Grossmann.

Pablo Ruiz Picasso también levantó polvareda durante su estancia en la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando. «Interrumpía las clases a la menor oportunidad y arremetía contra los profesores porque 'no tenían el más mínimo sentido común'». Desde pequeño, dice Miller, emanaba talento. «Aprendió a dibujar antes que a hablar». Su primera palabra fue 'piz', «articulación infantil de la palabra lápiz». A los doce años, mostraba la misma habilidad que el pintor Rafael. Y terminó enfrentándose a su padre, pintor de profesión, con el que, según el escritor, tuvo una relación 'edípica' y muchas diferencias éticas y estéticas.

El pintor y el científico sólo tenían una prioridad: crear. El libro de Miller los muestra siempre encerrados en su mundo, del que sólo salían para estar con sus amigos. La cuadrilla de Einstein se llamaba Academia Olimpia, y debatía sobre matemática, geometría y filosofía; la del pintor, conocida como la banda de Picasso, buscaba nuevos lenguajes y formas de expresar la realidad. Para uno y otro, todo lo demás era prescindible y sustituíble.

Tierra quemada

En cuestión de amores, los dos dejaron tras de sí mucha tierra quemada. Sus esposas, amantes y amigas nunca salían bien paradas. En 1903 Einstein se casó con Mileva Maric, una compañera de estudios que compartió sus penurias económicas, olvidó su carrera, y terminó limpiando, cocinando, criando hijos y sufriendo depresiones. Una historia semejante a la de Fernande Olivier, la mujer con la que Picasso vivió, entre 1904 y 1907, en el apartamento de Montmartre que su amigo Max Jacob bautizó como 'Bateau-Lavoir' (barco lavadero ). «En invierno era glacial y en verano como un baño turco», lamentaba Fernande. Los celos del pintor eran desmedidos. La encerraba en casa, donde ella pasaba el día leyendo y tomando té.

Parafraseando a la fotógrafa surrealista Dora Maar, otra amante del pintor, Miller recuerda que Picasso cambiaba de estilo, casa, amigos, perro y mujer al mismo tiempo. A Fernande le siguieron Eva Gouel, Olga Kokhlova, Marie Thérèse Walter, Jacqueline Roque. «Françoise Gilot, la única de sus amantes que escapó con la dignidad intacta, le describía como alguien que reducía a las mujeres a 'diosas o felpudos'».

«¿Qué es la creatividad? ¿Existe algún vínculo entre la forma de pensar de un gran científico y la de un gran artista?» A estos interrogantes intenta responder el libro de Miller, comparando las biografías de Einstein y Picasso. «Eran hombres enormemente egocéntricos», de encanto «irresistible», que, sin embargo, preferían el distanciamiento emocional, defiende el profesor del University College de Londres. «Su impulso creador era la fuerza motriz de su vida. 'Nada más importa, la creación lo es todo', declaraba Picasso». Y lo llevaba a la práctica. Abandonó a más de un amigo en momentos de extrema necesidad. Las mujeres que lo amaron terminaron «amargadas», insiste el escritor.

En flirteos, Einstein no se quedaba atrás. Se divorció de Mileva en marzo de 1919 y, tres meses después, se casó con su prima Elsa Löwenthal, que se centró exclusivamente en la intendencia doméstica y cerró los ojos a las manifiestas infidelidades de su esposo. «Las mujeres llegaban en limusinas con chófer para pasar la noche con él... Lo habitual era que la acompañante de Einstein trajera una caja de bombones para Elsa, a la que después se despachaba». Aquellas visitas eran duras para su esposa, admite Miller, «pero alimentaban la máquina».

Pese a tener una «exagerada confianza en sí mismos», la ansiedad extrema marcó la vida de estos genios. Los sufrimientos que pasó Einstein para explicar la inducción electromagnética, explica Miller, son comparables a la inquietud en que se debatió Picasso durante la realización de 'Las señoritas de Avignon'. Entonces el artista malagueño estaba siempre sin blanca, pintaba incluso de noche con ayuda de un quinqué y era asiduo de la comida barata del restaurante 'Le Lapin Agile'. A esa misma edad, Einstein anotaba a hurtadillas sus teorías, mientras trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna para poder pagar un apartamento tan pequeño que le obligaba a tener la cuna de su hijo en el salón.

Einstein y Picasso triunfaron. «Pero ninguno de ellos volvió a entregarse a la monástica dedicación de aquellos vertiginosos días» de juventud. Tras ganar el Nobel de Física, el científico recorrió el mundo dando conferencias, y recibió todo tipo de honores. En 1936, escribió a su hermana: «Al igual que en mi juventud, me siento aquí a pensar y calcular hasta la saciedad, esperando desenterrar profundos secretos. El llamado gran mundo, es decir, el ajetreo de los hombres, me atrae menos que nunca, de modo que cada día me hago más ermitaño». Al alcanzar la cumbre, añade Miller, Picasso «se volvió rico y mundano» y olvidó el gélido apartamento de Montmartre, donde, cuando no había combustible para la calefacción, pasaba el día en la cama con su amada Fernande, a la que escondía los zapatos para que no saliera de aquel «serrallo».

 
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