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| AUDIENCIAS |
La muerte de Érika disparó la audiencia de los espacios dedicados al corazón en la pequeña pantalla. 'Aquí hay tomate' fue el programa más visto con una audiencia de 3,7 millones y una cuota de pantalla del 29,1%, su récord de la temporada. También consiguió su mejor registro del curso el magacín de sociedad 'Gente' (TVE 1) con 3,4 millones. A este carro se suman 'El programa de Ana Rosa', de Telecinco, que modificó sus contenidos habituales y suprimió el bloque dedicado al cocinero Arguiñano: así se anotó una cuota de pantalla del 22%.
También los informativos incrementaron su audiencia, especialmente el que Telecinco emite a las 14.30 horas. Media hora más tarde, Telediario 1 superó a Antena 3 Noticias. En el horario estelar no se produjeron modificaciones de la parrilla. TVE 1, que fue líder, se vio favorecida por el partido España-Inglaterra. |
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La muerte de Érika Ortiz Rocasolano, tan inesperada y sorprendente, ha sido el primer drama personal al que ha tenido que enfrentarse la Princesa de Asturias, en un momento de su vida en el que está especialmente sensibilizada por las dificultades que tiene para llevar adelante su segundo embarazo. Quizá por eso, había un interés desmedido, que trascendía al propio drama, tanto por parte de los medios de comunicación como de una gran parte de los españoles: saber cómo se comportaría y si sería capaz de sobrellevar su dolor con la dignidad que se supone que debe tener la esposa del hombre que un día ocupará el trono de España.
Incógnita que quedó despejada en el momento mismo en que la vimos descender del coche que conducía el príncipe Felipe. Iba tan erguida, tan solemne, tan tierna y cariñosa con su madre y con su abuelo, que a muchos de los que presenciaban la escena se les hizo un nudo en la garganta. Su actitud hizo enmudecer a los periodistas que se encontraban cubriendo la información en el tanatorio de Tres Cantos, que así quisieron demostrar que la relación de los miembros de la Familia Real con la prensa no es tan mala como algunos quieren hacer creer. Un silencio sólo roto por el ruido de los flashes de las cámaras.
Pero si emotivo fue ese paseíllo -imagen viva del dolor y de la desolación de una familia que ha perdido a uno de sus miembros más jóvenes-, más lo fue cuando doña Letizia se abrazó al Rey con toda la solemnidad que el momento requería, pero en un gesto de indefensión total. Fue el único momento en que llegué a pensar que se venía abajo, pero no: lo que buscaba Letizia era un consuelo que sólo pueden ofrecerle aquellos que más cerca están de ella. Porque será la Princesa de Asturias la que tendrá que sacar de lo más íntimo de su ser la fuerza suficiente para aliviar el dolor de sus padres, de sus abuelos y de su hermana, de manera que si alguien no se puede derrumbar ahora es ella, una mujer que, por amor, cambió la libertad por las rígidas normas de la monarquía.
Pero si cariñoso fue el abrazo al Rey, tanto o más lo fue el que dio a sus cuñadas las Infantas y a sus maridos, acallando así los rumores que hablan de distanciamiento. Pero no acabarían ahí las sorpresas en un día tan gris y tan triste como el que ayer se vivió en Tres Cantos. La sorpresa mayor vino al dirigirse a los periodistas. Fueron apenas unas frases, porque inmediatamente doña Letizia rompió a llorar en silencio, que es como llora la gente a la que se le niega el derecho a derrumbarse en público, incluso en momentos tan dramáticos como los que hoy vive la familia Ortiz-Rocasolano. Vestida de negro, el pelo suelto y sin adornos, el rostro delgado de la Princesa de Asturias sin maquillar, descompuesto de dolor, la voz rota. «Gracias», acertó a comunicar doña Letizia a los sesenta reporteros congregados ayer en el tanatorio La Paz de la localidad madrileña de Alcobendas, donde a mediodía tuvo lugar el responso, oficiado por Serafín Sedano, capellán del Palacio de la Zarzuela, y la incineración de su hermana pequeña, Érika Ortiz Rocasolano, tres años menor. 32 años iba a cumplir en abril «la más bohemia de las tres hermanas», según se ha dicho. «La hermana con la que mejor se entendía Doña Letizia», palabra de la abuela paterna.
Quiso la futura reina dirigirse voluntariamente a los periodistas. Un arrebato de valentía, dadas las circunstancias, pero lo hizo acompañada de su marido en todo momento. Con el corazón en un puño doña Letizia se puso en el lugar del otro porque sabe que otros se han puesto estos días en el de ella. «Sólo quería dar las gracias a todas las personas que se han sentido apenadas por la muerte de mi hermana pequeña», dijo. Nada aclaró de las extrañas causas de la muerte de la hermana a la que había cedido su piso de soltera cuando, recién casada Letizia, ella rompió una relación sentimental de siete años.
Rompió a llorar después y quedó la Princesa con la cabeza agachada y la mirada perdida. Escuchaba a Don Felipe, quien también tuvo unas palabras de apoyo a los periodistas que aguardaban bajo una lluvia infame, «aguantando el remojón». Sumida en el sufrimiento, en ese mal sueño que desde miércoles persigue a la familia, desde que se supo del fallecimiento de Érika en su domicilio de Valdebernardo. Asida del brazo del Príncipe, Letizia caminó hacia atrás, de nuevo hacia adelante, para otra vez volver sobre sus pasos. Y, finalmente, se dejó llevar hasta el coche.
Apretada la solapa del abrigo con la mano derecha, para protegerse del viento que azotaba. Alguien le abrió la puerta del vehículo. Ella se subió con gesto de embarazada. Él suave, con tranquilas maneras, cerró el paraguas, se puso al volante, dirigió una mirada a su esposa y arrancó. Como los Príncipes de Asturias, a las tres de la tarde, el dolor se fue retirando del lugar como una marea baja.
Ausencia obligada
Los problemas no escogen día ni hora y no pudieron asistir al responso Telma, la mayor de las tres hermanas, de viaje desde Filipinas, ni la Reina doña Sofía, de vuelta de Indonesia. Los nietos de los Reyes tampoco asistieron a la despedida de los restos de la fallecida, por decisión de sus padres, los Duques de Lugo y de Palma. Tampoco se vio a la pequeña Carla, de seis años, hija de la fallecida. La madre de las chicas, Paloma Rocasolano ocultaba su expresión bajo unas gafas oscuras. El padre, Jesús Ortiz, aparentemente entero. Con ellos, visiblemente afectado, estaba Antonio Vigo, ex pareja de Érika y padre de Carla.
Los restos mortales de la fallecida salieron sobre la una de la tarde del Instituto Anatómico Forense, donde se le realizó la autopsia. La Policía Nacional preparó un dispositivo especial para evitar que los fotógrafos pudieran seguir de cerca al vehículo fúnebre. El tanatorio permaneció en todo momento tomado por las Fuerzas de Seguridad. Los paraguas, obligados por la persistente lluvia, sirvieron de escudo ante las numerosas cámaras que grababan la llegada de unos y otros. Se guardaron el respeto y la prudencia que las familias habían pedido. En su anticipado regreso a Madrid, la Reina hizo escala en Phnom-Penh, capital de Camboya, donde se entrevistó con el obispo Kike Figaredo y con la premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1998, Somali Man.
Doña Sofía conversó durante tres horas con ambos, quienes le explicaron los detalles de sus proyectos solidarios: Figaredo le habló de las minas antipersona y los programas de rehabilitación de los mutilados, y Man de su objetivo de salvar de la explotación sexual a niñas y mujeres de esta región. La Reina expresó su deseo de regresar pronto a Camboya para poder ver in situ el trabajo que los dos están desarrollando.
A pesar de que doña Sofía continúa muy afectada por la triste noticia, siguió con mucha atención las explicaciones de Figaredo y Man, en una demostración de entereza y de su responsabilidad institucional. A las tres, después de una escala en Dubai para cargar de combustible el avión, la Reina voló hacia España, donde estaba prevista su llegada en la medianoche de ayer.