Lunes, 13 de noviembre de 2006
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OPINIÓN

XIM
Violencia escolar y foros de cultura
Son como el haz y el envés de una misma hoja. Me gustaría, también, que constituyeran una dialéctica tríada hegeliana, por el diálogo de contrarios que pudiera conducir a determinadas conclusiones, favorables a la ecología humana en su globalidad. Pero se quedan en wolfliniana pareja conceptual, casi de compartimentos estancos sin comunicación posible. Y sin embargo, una beneficiosa corriente de ósmosis sería deseable, con creciente penetración de los foros en la violencia.

Hoy pensaba escribir, tan sólo, de cultura y sus aledaños coloquiantes, más o menos dialécticos y fecundos. Pero se han cruzado algunos episodios violentos, con los maestros y la escuela al fondo, lo que me ha impulsado a la relación conjunta de fuerzas tan dispares.

Desconozco la fórmula mágica que resuelva la encrucijada de la violencia escolar. Y estoy un poco cansado de los arbitristas habituales, que hablan y escriben sin continencia ofreciendo panaceas extraordinarias; pero algo he aprendido de las raíces que la informan, pues no en vano llevo casi cincuenta años sumergido en las «mesmas oscuras aguas» teresianas de la educación siempre problemática. Y es necesario advertir que el origen de todo está en la escuela y los maestros como complemento natural de las familias. El resto, verdura de las eras, que diría el famoso poeta medieval.

Por otra parte, sean bienvenidos siempre los foros por la cultura, cualquiera que fuere su origen y convocatoria, pues cuando tengamos ciudadanos cultos, la violencia habrá sido erradicada en gran medida. Es bueno hablar de estos asuntos y establecer principios que no debieran ser falsos -Antonio Machado al fondo- para que las conclusiones desemboquen en actos convenientes, previa una planificación organizada y exigente. Leo, sin embargo, en los periódicos que la asistencia pudo ser mayor y mejor: eso me entristece pero no abruma. La convulsa y cambiante sociedad que nos toca vivir no está demasiado por la labor del esfuerzo, la preparación y el desprendimiento alterizado, para qué nos vamos a engañar.

De ahí la creciente necesidad de un mínimo orden en los planteamientos y las aportaciones de las personas idóneas. Ya no basta la discusión asamblearia ni las opiniones más o menos repentizadas, sino todo lo contrario. Y repito algo discutible pero evidente: los centros educativos y las personas que en ellos trabajan no debieran nunca quedar al margen, porque todo aquello que nazca como conviene de la conspicual educación desembocará, necesariamente y casi por consecuencia obligada, en el hermoso y libre mundo de la cultura.

Y aquí es bueno recordar una de las mejores definiciones que recuerdo, la de Ortega y Gasset: «Cultura es aquello que permanece cuando todo se ha olvidado». Palabras a medio camino entre la improvisación graciosa y la información limitada. Disponer de datos es bueno, pero no basta. Informar, formar y distraer siguen siendo principios y pretensiones con toda validez.

Acontece, no obstante, que cualquiera puede allegar información a raudales en estos tiempos de tecnologías punta. Disponerlos adecuadamente para que lleguen a formar ciudadanos, es otro cantar mucho más personal y complejo. Y aquí entran, de pleno derecho la escuela, el instituto y la universidad, con todas sus carencias, pero también con las inmensas posibilidades que pueden ofrecer.

Hay que volver a las aulas. Es preciso reconsiderar la figura del maestro, devolverle su prestigio individual y colectivo, revestirlo de autoridad, no de poder y mando, publicitar su imagen respetable para que los niños entiendan el beneficio que se deriva de sus educadores, hoy mal pagados y peor tratados. Es el comienzo del camino.

Al cabo, convencido estoy. La educación que no proceda de la familia y de los centros educativos por antonomasia, no llegará de ninguna otra parte. Lo contrario sería dar la razón a las irónicas palabras de Lope de Vega, el fénix de los ingenios: «El vulgo es necio y, pues lo paga, es justo/ hablarle en necio para darle gusto».



 
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