He visto a un Costner fondón y con perilla emulando a Springsteen en horas bajas y casi que me quedo con Manel Fuentes. Pero, por ser Kevin quien es, hasta 5.000 personas fueron a verle berrear en un concierto celebrado al aire libre, sobre un campo de maíz en Iowa. A la salida, la gente no paraba de comentar admirada... la belleza de las vistas.
Para vista la de Flavio Briatore. Él dice que elige a sus novias por la elegancia, la clase y lo positivas que son. Lo de la clase y la elegancia es discutible, pero lo último me lo creo. Para intentar algo con semejante paquidermo emocional y alérgico al compromiso hay que ser muy positiva, tener más moral que el infatigable expedicionario Álvaro de Marichalar y poseer un una fe inquebrantable en el ser humano en general y en los hombres en particular. Y aún así, todas acaban tirando la toalla. No te digo más.
Briatore ha abierto las puertas o las compuertas de su yate a una revista del corazón y, al margen del lujo que derrochan todas sus estancias, me ha llamado poderosamente la atención un detalle: ¿las cajas de kleenex! A saber; en el imponente salón en tonos rojos y blancos: ¿una caja de kleenex! En la sala privada de cine con asientos en alcántara y cocodrilo: ¿dos cajas de kleenex! Pero Flavio, amore, ¿tanto las haces llorar? ¿Y por qué en la sala de cine dos cajas dos? Escalofríos me da pensar qué lacrimógenos melodramas proyectas tú ahí, pillín, y con qué aviesas intenciones...
Claro que, ya de embarcarse, mejor hacerlo con un curtido lobo de mar como Briatore que con alguien como Miguel Boyer. Acabo de ver unas fotos en las que el marido de Isabel Preysler intenta subirse a un barco y he llegado a una conclusión irrefutable. Hay dos clases de personas: las que han nacido para hacerse a la mar y las que no. Boyer, pese a su apellido de reminiscencias náuticas (boya, claraboya... y no sigo), pertenece a los segundos. Más aún, en esa foto en la que Isabel luce -como siempre- perfectamente conjuntada para soportar sin despeinarse una alegre travesía marinera, a él se le ve más desubicado que el cobrador del frac.
Como el yate es de Fernández Tapias y dudo que Fefé tenga deudas, habrá que pensar que ese señor con camisa de cuello duro, pantalón de vestir y maletín, que se aferra con desesperación al pasamanos (y esto, antes de zarpar) es efectivamente el marido de Isabel Preysler y no un perseguidor de morosos. Ahora entiendo por qué los Boyer no tienen yate. En sus circunstancias, no les compensa. No iban a ganar para kleenex.