Pocos días después de tomar posesión como nuevo gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez ha designado a José María Viñals como su segundo en la institución. La cualificación técnica del nuevo subgobernador es excelente; Viñals es uno de los mejores especialistas en economía monetaria internacional con un doctorado por Harvard, numerosas publicaciones y estancias en muchas instituciones del más alto prestigio. De carácter templado y trato afable, Viñals tiene además una trayectoria profesional destacable, desde responsable del Servicio de Estudios a la dirección de asuntos internacionales, que ha desarrollado en todos los lugares estratégicos -Frankfurt y Basilea- y foros decisorios de asuntos monetarios europeos. Si a la capacidad técnica y prestigio profesional de Viñals unimos los de Fernández Ordóñez podremos concluir que la cúpula del Banco de España en pocas ocasiones ha estado mejor dotada de capital humano. Cabe preguntarse, entonces, por qué los círculos políticos de la oposición, que comparten la opinión general sobre la calidad profesional de ambas figuras, están tan disgustados con el nombramiento.
Fernández Ordóñez, ha nombrado a Viñals en virtud de la independencia de la que goza como gobernador del Banco de España, y él mismo fue designado por el ministro Solbes por una decisión autónoma de éste. Sin embargo, no es esta la manera de designar los gobernadores y subgobernadores que se había consolidado como norma tradicional no escrita. Los nombramientos de ambos cargos se hacían por consenso a partir de una terna presentada por el Gobierno a la oposición, y es indiscutible que ahora se ha roto esa tradición. Lo que no es una cuestión grave, pero sí significativa. Y lo es especialmente en una democracia joven que está aún construyendo sus instituciones formales y, especialmente, cuando se trata de un ente cuya neutralidad política y alejamientos de los círculos de poder son cruciales para su credibilidad. No se olvide que los bancos centrales nacieron a finales del siglo XVII precisamente para garantizar la democracia apartando los dineros públicos del poder soberano.
El papel del Banco de España, a pesar de la existencia del Banco Central Europeo, es todavía muy importante para determinar la política monetaria global y ejerce una función decisiva como regulador de las instituciones financieras españolas, por lo que la independencia política de sus regentes es imprescindible. Además, los ritmos de crecimiento de las distintas regiones europeas puede que cambien dentro de poco y, en ese nuevo contexto, habría que replantearse cuál es la política monetaria óptima para la Unión. Si eso es así, es fundamental seguir teniendo una representación fuerte y consistente para evitar vaivenes bruscos de rumbo y criterio. No parece, por tanto, que este fuese el mejor momento para cambiar los procedimientos y la organización de esta institución.