Hacer oposición, en la política parlamentaria o en el complejo de los medios de comunicación, que en ambos espacios se construye la dialéctica democrática, requiere cierta mesura para que los discursos en los que se basan la contradicción y la crítica resulten verosímiles. Y uno tiene la sensación de que en ambos planos los promotores legítimos de la controversia se han excedido tanto que su tarea ha dejado de ser eficaz por increíble. En efecto, el PP basa su agresividad actual en el aserto de que Zapatero ha decidido acabar con la violencia terrorista por el procedimiento de pactar con ETA, de negociar la aceptación de sus reivindicaciones, de traicionar la memoria de los muertos prestándose a vaciar de contenido la Constitución. Y los medios de comunicación que mantienen la llama del antigubernamentalismo sistemático persisten día a día, con una tenacidad a toda prueba, en su tesis de que no fueron los islamistas sino ETA la autora de las matanzas del 11-M. A todas luces, ambos mensajes, tan desmesurados, han comenzado a decaer, a no escucharse, a resultar inaudibles, por la sencilla razón de que no son verosímiles. Y eso es malo porque nunca fue bueno que dejase de haber verdadero debate democrático.