Hasta el director general de la UEFA lo reconoce: «Los salarios que se pagan a algunos jugadores son una locura», ha dicho el señor Aigner. Los defensores a ultranza del libre mercado defienden la ausencia de todo control en el intercambio de cromos, puesto que vivimos en una sociedad de libre competencia, y con ello parecen justificar este juego de la oca que nos lleva de una trama a otra y tiramos porque nos toca. A la clausura del Mundial de Alemania le ha seguido, sin solución de continuidad, el frenético tiempo de fichajes, como al cuestionamiento liguero de los galácticos le había seguido -también sin solución de continuidad- la decepción, la sospecha o la evidencia, porque todo cuanto relucía no siempre era de oro. Es igual. No escarmentamos. Mejor: no escarmientan. Seguiremos hasta el otoño, y aún más allá, pregonando guarismos astronómicos en ausencia de gravedad. Se habla de seis mil, de ocho mil millones de pesetas -¿por qué decimos euros cuando queremos decir pesetas, más alarmantes y abultadas?- para referirse al rescate que es preciso pagar a un club por la libertad de un jugador. Y es lícito preguntarse cuántas tramas de ladrillo, de sellos, de timos de la estampita serán necesarias para hacer frente a tales compromisos financieros. Las recientes elecciones presidenciales -en paralelo con las mexicanas-- del Real Madrid (un estado dentro del estado) han puesto de manifiesto lo que ya sabíamos: lo importante que es llegar a presidir un club de fútbol; da lo mismo que sea el mentado, como otro de segunda y hasta de tercera división. Solo difieren en el volumen de negocios. Por lo demás, el poder siempre es el poder. En Barcelona, en Madrid o en Vitigudino, por el tamaño de las comisiones y la catadura de los comisionistas los conoceréis. Puede parecer exagerado, pero así nos lo viene demostrando la terca realidad, una y otra vez. Hay corruptos de poca ambición. Pueblerinos humildes. Pero en el centro de todo siempre estará el ladrillo; ¿lo que son las cosas!
La cuenta de resultados económicos suele ir inversamente proporcional a la de los resultados deportivos, lo que vale tanto como decir que están matando a la gallina de los huevos de oro, y que, llegado un momento, ésta va y se cabrea. Saltan entonces las alarmas. Mas, la mercadotecnia es la mercadotecnia. No se puede parar, tampoco cambiar de rumbo. Se puede, sí, hablar de regeneracionismo, pero sólo retóricamente. Son las leyes de la familia. Conviene, además, hacer cantera de negociantes, pedagogía: un juego de play-station de la FIFA permite que el jugador firme sponsors, busque en el mercado de traspasos y fiche nombres. Le arenga a que descubra «estrellas del futuro y venda estrellas presentes para sacar dinero». «La FIFA -proclama su propaganda- te aporta ahora la herramienta de edición que te permitirá crear tu propia estrella».
Y dirigido a los adultos que quieran participar del pastel acaba de instalarse un chiringuito de fondos de inversión -llamado de capital riesgo- que invita a participar en el reparto de beneficios del traspaso de un futbolista. La aportación mínima del inversor privado deberá ser de ciento cincuenta mil euros, pero advierte -y el que advierte no es traidor- que el nuevo invento se nutrirá de los traspasos de futbolistas meticulosamente elegidos como activos, aunque «en el mundo del fútbol no hay nada que sea apuesta segura». El nuevo chiringuito persigue «coinvertir con los equipos en los fichajes y compartir el riesgo, además de los gastos». En este caso no se trata de un juego. Califíquelo el lector como mejor le parezca.