Capaces de forjarse un gran valor, delinear la vida conforme al mismo e incluso dar esa misma vida por él; capaces de entender que aquello que nos hace más específicamente humanos es una especie de segunda naturaleza, resultado de la cultura; capaces de buscar la otra realidad, la auténtica, ésa que no muere y que no conoce límites, como es la pretendida por el mundo del arte; capaces de hablar, porque creemos en la palabra, lo más noble de nuestra condición; capaces de pensar, en una sociedad que ha diseñado las coordenadas fuera del pensamiento consciente, es más, con repudio hacia cualquier tipo de reflexión; capaces de amar, cuando la palabra amor avergüenza siempre que no sea para alimentar el comercio, o para satisfacer el deseo de represión de unos mandatarios eclesiales o para verse reducida a pura mecánica física. Éstos son los hombres que merecen aquel título, que les diera Hölderlin, de hijos de los dioses. ¿Cuántos quedan en un mundo superpoblado?
Los valores "ya no valen", que dijera Nietzsche anunciando lo que nos venía encima.. Por eso propondría la subversión de los valores vigentes. La cultura ha perdido su carácter liberador, y por supuesto su perfil revolucionario y, si acaso, ha quedado convertida también, como se lleva todo hoy, en alimento para las masas, es decir, diseñada a la medida del consumo cual vulgar producto de supermercado. Por semejantes derroteros discurre el devaneo del arte, lugar donde todo cabe y donde la confusión es de tal calibre que no se sabe a ciencia cierta dónde está lo bueno y lo bello o sus contrarios. La palabra, que debiera ser, cada una de ellas, la firma de nuestra personalidad sin necesidad de escribirlas, es la dimensión humana más ajada, más huera, más sin sentido, lo opuesto a lo que supuso su nacimiento allá en los orígenes de la vida consciente. En cuanto al pensamiento, daría la impresión de que la indolencia se ha instalado en las mentes de nuestro peculiar e impersonal siglo, sin descartar el dirigismo fanático que ha encauzado esta actividad, libre por naturaleza, en un carril unidireccional. Y qué diremos del amor, la cara más brillante de todas las que conforman el prisma de la persona puesto que ilumina el resto, hoy en la estacada, abandonado como escoria y sustituido por sucedáneos de lo más banal. Hijos de los dioses, ¿son una especie a extinguir, o ha desaparecido la especie? Si el poeta levantara la cabeza...