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EDICIÓN IMPRESA
DESDE EL FESTIVAL
Coplas y truenos
Coplas y truenos
ÚLTIMA OBRA. Un momento de la representación. / J.M.ESPARCIA
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LA CELESTINA
Autor: Fernando de Rojas.

Compañía: Tcure Teatro.

Adaptación y dirección: Juan Manuel Cifuentes.

Ayudante de dirección: José Miguel Alarcón.

Vestuario: Ana Montes.

Iluminación: Patio Bessia.

Reparto: María Pedreño, Oscar Ramos, Isidro Paterna, Antonio M. Gálvez, Susana Haya, Javier Rodenas y Nieves Atiénzar.

Lugar: Claustro de Santo Domingo de Chinchilla.

Hora: Sábado 8 de julio, 23 horas.

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El gancho de la función era María Pedreño, la Mari Carmen Cañizares del programa de televisión Cámera Café, que interpretaba el personaje de Melibea. La presencia de un actor popular suele resultar decepcionante porque inconscientemente la gente acude a ver al personaje que le es familiar, pero el actor (la actriz en este caso), si es bueno, se esfuerza por distanciarse de los tics que le han dado fama. Por si la dificultad fuera poca, la Cañizares y Melibea tienen muchos rasgos comunes: ambas son pacatas y medio tímidas. Pedreño está digna en su papel. La representación nos permitió comprobar que compone el personaje desde los pies, que hablan solos, se mueven como en una danza, cambian de dirección, se frenan, indican los caminos que siguen las dudas y deseos de Melibea.

Aunque conforme se fue sintiendo cómoda, Pedreño fue soltando las riendas y en algún momento ofreció a sus incondicionales un par de morcillas atribuibles a Cañizares. Más problemas tuvo con la proyección de la voz. En los parlamentos más íntimos que requieren un volumen quedo, no se la oía, si bien este fue un problema general de todo el reparto, que habrán de ir mejorando en futuras representaciones. En una obra clásica, aunque sea retocada, salvar las palabras, diferenciarlas, matizarlas, es el primer paso para que el teatro funcione. Y, al menos hasta el palco donde nos encontrábamos, entre columnas, sólo llegó con vida un tercio del texto.

Por lo demás, el montaje ofrece propuestas muy interesantes. Trasplantar la Celestina a la posguerra civil es una de ellas. Se trata de épocas equiparables en oscurantismo y religiosidad exacerbada, también en diferencias de clases entre señoritos y criados. La equivalencia entre honor y virtud femenina también puede valer. En cuanto a la ambientación, se conseguía mediante dos postes de la luz y una torreta eléctrica, unas cañas y, sobre todo, un aparato antiguo de radio desde el que brotaban coplas de la época con letras alusivas durante los intervalos y en algunas escenas.

A partir de esta escenografía, construida por Salto Mortal, Juan Manuel Cifuentes ha reestructurado la obra. Al principio y al final y en distintos momentos aparece uno de los criados atado a la torreta y lanzando gritos, maldiciones y quejas contra las mujeres. Al final sabemos que se trata de Sempronio a punto de ser ajusticiado mediante garrote vil por asesinar a Celestina. No fue esta su muerte, todos los muertos de la Celestina mueren despeñados, pero es una licencia útil para el montaje, que viene envuelta, como otros lances de la representación, de cierta atmósfera onírica. Como el flash back con el que Sempronio explica a Celestina cómo se conocieron Calisto y Melibea y cómo surgió entre ellos el flechazo.

En vez de sacarle partido a estos hallazgos y conectarlos con otros fenómenos similares, como la irrupción de rayos y truenos, o como el conjuro de Celestina, o incluso como ciertos pasajes costumbristas en los que las putas ejercen su faena, o como una siniestra procesión que transcurre transportando un yugo y unas flechas, todos estos elementos quedan dispersos, son puntazos perdidos, deshilvanados del conjunto, con lo que se desperdicia su intensidad.

Pero audacia no le falta al director. Es audaz concederle el papel de Celestina a un actor, e Isidro Paterna reúne algunos de los rasgos que requiere el personaje. Sin embargo, Celestina es el centro de la obra. Fernando de Rojas no tituló así su tragicomedia, fue el personaje el que terminó imponiendo su nombre como título casi un siglo más tarde. En un primer momento, porque su magia inspiraba miedo. Luego porque su carácter suscitaba emociones: "Por una parte me alteras y provocas a enojo; por otra me mueves a compasión", le dice Melibea.

La Celestina que compuso Paterna el sábado es meliflua, centra demasiado el oleaje de su voz en resultar astuta, pero no libera energía, no impresiona a los demás personajes, no ejerce el liderazgo sobre el escenario. Y de esta falta de fuerza se resiente todo el montaje. Que Calisto (Oscar Ramos) hable ceceando es un fenómeno anecdótico que no basta para adjudicarle el arquetipo de gracioso (tradicionalmente ejercido por un criado) al señorito de la representación. Le falta un buen repertorio de matices a ese Calisto para hacer gracia. También es cierto que el pasaje más hermoso de la noche lo protagonizaron los dos amantes en un acercamiento temeroso y un manoseo pueril: "no quieras perderme por tan breve deleite y en tan poco espacio", acaba murmurando Melibea.

Al final la obra se zanja con un disparo, el suicidio de Melibea, y una copla inesperada cuando el público tiene ya las manos armadas para aplaudir. Quizá el disparo sea innecesario por imposible (de dónde demonios saca el arma la chica). Tenía más a mano el director, para ser fiel al original, una torreta y un posible despeñamiento, un apagón de luz y un golpe, o una electrocución como la de su amante, tal vez más coherente que el disparo, que al fin y al cabo también sucede fuera de escena. Así acabó esta undécima edición del Festival de Teatro Clásico de Chinchilla, con el Claustro aplaudiendo a manos llenas.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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