Ya podemos respirar con alivio: la caja negra del metro siniestrado en Valencia ha confirmado que el convoy descarriló por exceso de velocidad. Los responsables políticos se han apresurado a divulgar a los cuatro vientos esta luminosa noticia, que imputa al conductor -fallecido en el accidente- la responsabilidad del siniestro. Una segunda autopsia tratará de averiguar si este trabajador padeció algún problema físico que explique el mortífero error.
Y uno, que observa el trágico espectáculo desde fuera, no sabe qué es más grave: que hubiese fallado el material rodante o la infraestructura, o que el propio sistema de control no dispusiera de los automatismos necesarios para prevenir un síncope del conductor. Pocos ferrocarriles hay en el mundo, y seguramente ninguno más en Europa Occidental, con tal carencia. Desde hace mucho tiempo, el automatismo de los sistemas ferroviarios es casi total, precisamente porque es posible y por lo tanto pertinente prevenir el error humano.
Un viejo chiste afirma que en los aviones y los trenes más modernos el guiado estará a cargo de un único piloto y de un perro. El piloto, para comprobar que todo funciona perfectamente y el perro para garantizar que el piloto no toca nada. En Valencia, este chascarrillo no se hubiera entendido.