Zidane, otra vez el viejo y entrañable Zizou, fue clave en el sonado éxito de Francia, una selección que ha resurgido de sus cenizas, acabado con sus enterradores y, ocho años después, vuelve a la gran final. Zizou estuvo más vigilado, pero despertó a los lusos de sus sueños cuando demostró a Ricardo que los penaltis deben meterse. En el penúltimo partido de su vida, asumió la responsabilidad como si tal cosa, no tomó carrerilla, miró para un lado y tiró duro hacia el otro. El portero le adivinó la intención pero no pudo alcanzar el misil. Una jugada decisiva que se buscó Henry, el tipo más desequilibrante del cerrado partido, y en la que Ricardo Carvalho cayó en el engaño como un inocente.