Llegado el momento de las salutaciones y los aplausos, aún salió Juan Calot con las facciones tensas y el ceño fruncido, metido en el personaje hasta los tuétanos. No en vano llevaba una hora luchando él solo contra el resto del mundo, y de esa bárbara pugna no se apea uno chasqueando los dedos. Si el tema predominante en el teatro clásico español es el honor, en la obra de Molière es la hipocresía, siempre útil para medrar, pero imprescindible en la corte de Luis XIV. El propio dramaturgo la sufrió en sus carnes, por lo que la conocía de sobra, y así supo plasmarla como nadie más lo ha hecho. El Tartufo y El misántropo son sendos monumentos del teatro a la hipocresía.