Dos mujeres fueron las primeras en dar la voz de alarma. Salieron a la carrera de las profundidades de la estación de Jesús y, aún sin resuello, le dijeron a una policía local que se había producido un «grave accidente». «Dicen que hay un accidente en el metro. Debería venir alguien con linternas para bajar y comprobar qué ha pasado y si hay heridos», comunicó la agente por la emisora a todas las patrullas.
Escasos minutos después de la una de la tarde, los primeros héroes llegaron al epicentro de la tragedia. Fueron los policías locales del distrito de Patraix. Nunca habrían imaginado lo que iban a encontrarse en la negrura del túnel. Silencio. Ni llantos, ni gritos de socorro, ni lamentos de dolor. Sólo silencio. «Sobrecogidos e impresionados» por la ausencia total de sonidos, presagio del horror con que se iban a topar, avanzaban tras el haz de luz de las linternas, que les revelaban «caras deambulando». Un policía nacional jamás olvidará la escena: «Me giré con la linterna y vi a mi compañero con una niña ensangrentada en brazos».
Sin comunicación
Los grupos de rescate se encontraron con una dificultad añadida. La profundidad del lugar donde se produjo el accidente impedía la comunicación por radio, y los agentes tenían que salir una y otra vez a superficie para pedir refuerzos. La impotencia y la rabia pugnaban en ellos con la desolación y la tristeza. «Hay más muertos que vivos», supo un policía en cuanto observó el arrasado aspecto del túnel.
Los bomberos, pese a estar acostumbrados a desenvolverse en situaciones de máxima tensión y dramatismo, estaban demudados. «Nunca imaginé que pudiera haber algo tan terrible», indicó uno de ellos. «Estaba todo tan oscuro que inicialmente era difícil saber la magnitud de la tragedia». «Intenté levantar a una persona del suelo y me quedé con su brazo en la mano», relata.