Estos días los obispos españoles han celebrado una reunión extraordinaria para iluminar la situación en la que vive nuestra Iglesia de hoy, y consiguientemente, en la que nuestra sociedad está inmersa. Al acabar han hecho público un comunicado en un contexto de unidad para hacernos ver todas las realidades esperanzadoras, y han propuesto las prioridades por donde debe caminar la Barca de Pedro. Han tomado también conciencia de las ventiscas, de los remolinos, de las rupturas que amenazan a nuestra sociedad de hoy, y por tanto han puesto en marcha los talleres del astillero para hacer pública una instrucción pastoral que ilumine a creyentes y no creyentes cual debiera ser el mejor camino a seguir para no romperse en cachos en medio de los escollos y poder llegar a buen puerto. Los obispos dan una palabra de serenidad, nos invitan a seguir adelante pues nada hay que temer, estamos en buenas manos. Eso sí, nos invitan a orar, es decir a crecer en la fe, y a tomar conciencia de que en nuestra barca navega Jesucristo.
En mi parroquia tengo una vidriera que representa a la Iglesia guiada por la mano del Padre, envuelta en las aguas dulces y mansas del Espíritu, e iluminada por el sol que es Jesucristo. ¿Qué idílico todo! Le falta un poco el dramatismo de la tempestad de Delacroix, en que aparecen velas rotas, tablones descoyuntados, olas terroríficas. Pues bien, puede ocurrir lo uno y lo otro. Depende del punto de mira. Si reavivamos nuestra fe de que Jesús navega con nosotros, no hay nada que temer. Si por el contrario, lejos de la oración, olvidados del misterio, nos convertimos en una organización más, beligerante en aguas revueltas, entonces sí que debemos temer, no es difícil que nos entre el vértigo.
El evangelio de hoy nos habla de que Jesús invitó a sus discípulos a pasar a la otra orilla. Pero, amigo, en el momento de la travesía se levantó una tempestad que parecía acabar con todos. Los discípulos despiertan a Jesús: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¿ Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes?, ¿aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿pero quién es este? ¿Hasta los vientos y las aguas le obedecen!» Nos invitan los obispos a tomar conciencia de quien es Jesús, desde una vida de oración y testimonio. Y si caemos en la cuenta de que navegamos con Él, nada hay que temer. Es verdad que estamos sufriendo vientos malos, arbitrariedades, puñaladas traperas. Parece que hay una ventisca generalizada contra la Iglesia. Que una y mil voces parecen repetir aquello que acuñó el blasfemo Renán en el siglo XIX, de «ecrassez l'infame», es decir «aplastad a la infame», o en el siglo I aquellos de Nerón «cristianos a las fieras». En el siglo XXI también en nuestros lares, soplan aires adversos. No hay nada que temer. El Señor de los vientos navega con nosotros. Pasemos a la otra orilla. Busquemos esa tierra firme en las que son posibles la justicia y la libertad.