Todos los días, a las cinco de la mañana, Mario Conde se levanta en su celda del Centro de Inserción Social Victoria Kent, que comparte con otros dos reclusos. Una tabla de gimnasia, ducha, desayuno... y, a las siete y media, rumbo a la libertad a tiempo parcial que ofrece el tercer grado penitenciario. A las diez de la noche estará de vuelta. Ese estado, al que accedió el pasado verano, le obliga a dormir en este centro. La única excepción son los fines de semana y los 48 días al año en los que puede disfrutar de un permiso.