El nacimiento de la agricultura es uno de los hitos de la historia de la Humanidad. La domesticación de las plantas permitió al hombre controlar el suministro de alimento, hasta entonces dependiente de lo que le ofrecía la naturaleza a través de la caza y la recolección, y fue -junto a la ganadería- la clave para la aparición de las comunidades sedentarias. Los grupos humanos ya no tenían que hacer lo que habían hecho durante millones de años, migrar de un lado a otro en busca de comida. Ahora podían sembrarla.
Las pruebas más antiguas de agricultura se remontaban hasta ahora a hace unos 10.500 años y se creían protagonizados por los cereales. Hoy, un grupo de arqueobotánicos asegura en la revista Science que la domesticación de las plantas comenzó 1.000 años antes y que la primera cultivada no fue un cereal ni una legumbre, sino un árbol frutal: la higuera. La clave, dicen, la tienen nueve pequeños higos y numerosos restos de esa fruta almacenados en un poblado del valle del Jordán, en Israel, a unos 13 kilómetros al norte de la antigua Jericó.
«Hace 11.000 años, se registró un cambio crítico en la mente humana: de explotar la tierra se pasó a modificar el entorno para cubrir nuestras necesidades. La gente decidió manipular la naturaleza y suministrarse su propia comida, en vez de confiar en que le fuera proporcionada por los dioses», explica Ofer Bar-Yosef, investigador principal y antropólogo de la Universidad de Harvard.
Higuera estéril
Gilgal I, como se conoce el poblado, estuvo ocupado entre hace 11.400 y 11.200 años, cuando fue abandonado. Los higos que han encontrado los arqueólogos fueron desecados para el consumo humano y se han hallado también en otro asentamiento situado a 1,5 kilómetros. Su comparación con variantes silvestres y domesticadas actuales les ha permitido determinar que lo hallado en el valle del Jordán es un higo producto de un árbol mutante, conocido como partenocárpico. En este tipo de higuera, el fruto se desarrolla sin polinización por parte de insectos y no cae del árbol, sino que madura en él hasta hacerse comestible. Como este higo no produce semillas, se trata de una planta estéril abocada a la muerte y extinción a no ser que el ser humano intervenga y plante esquejes.
La abundancia de restos de estos higos en el yacimiento implica que los habitantes del poblado se dieron cuenta de la peculiaridad de los árboles estériles. «Una vez que ocurre la mutación partenocárpica, los hombres debieron ver que su fruto no producía nuevos árboles y el cultivo de éstos se convirtió en algo habitual. En el acto de plantar una determinada variedad de higuera, podemos ver los comienzos de la agricultura. Este higo comestible no hubiera sobrevivido sin la intervención humana», sentencia Bar-Yosef.
Los brotes plantados echarían raíces y se convertirían en nuevas higueras, sin necesidad de recurrir a semillas ni injertos. Los autores sostienen que esa facilidad de cultivo y las mejoras en el sabor resultado de pequeñas mutaciones explicarían por qué las higueras se domesticaron cinco milenios antes que árboles frutales como el olivo, la palmera y el viñedo. «El almacenamiento de los higos de Gilgal junto a variedades silvestres de cebada, avena y bellotas indica que la estrategia de subsistencia de los agricultores de principios del Neolítico comprendía la explotación de plantas silvestres y la domesticación inicial de la higuera», dice Bar-Yosef, para quien esta combinación de agricultura y recolección tuvo que ser algo común en la región en la época.