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Viernes, 9 de junio de 2006
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DEPORTES
 Actualizado: 2.06 a.m.
 
EDICIÓN IMPRESA
 
AMOR. Ronaldinho le da al esférico un trato inmejorable. / AFP
FÚTBOL
Alemania ya es el corazón más grande del mundo. Desde hoy, 9 de junio, al soñado 9 de julio. Del Allianz Arena al Olímpico. De Munich a Berlín. Del 'penta' y campeón en ejercicio, Brasil, que ha participado en las diecisiete ediciones anteriores del Campeonato, a los debutantes, Trinidad y Tobago, Costa de Marfil, Angola, Togo, Ucrania y la República Checa. Y, para el aficionado español, una vez más en el centro de este universo futbolístico, sólo hay ojos para la selección, para este combinado de Luis Aragonés que no termina de expresarse en su mejor versión.
 
Tras la ceremonia inaugural, plena de belleza y colorido, con relevantes personajes presentes de la vida social, política y deportiva; también con anteriores campeones del mundo de diferentes épocas rememorando tiempos y rivalidades pasadas, pero en confraternidad todos ellos en el nuevo estadio Allianz Arena de Munich, totalmente repleto y ante millones de televidentes en todo el planeta; se acabaron ya todas la pruebas de partidos amistosos, con múltiples cambios. Ya comienza a rodar el balón de forma seria entre el anfitrión, Alemania, y la débil Costa Rica y el mayor espectáculo de masas concitará la ilusión y la alegría de muchos aficionados. Pero también habrá sensaciones de descontento y fracaso en otros, de acuerdo con los logros conseguidos por las selecciones de sus países respectivos.
La selección española llegó ayer a Alemania y comenzó su cuenta atrás de cara a un Mundial en el que, a seis días de su debut ante Ucrania, se hace difícil imaginar cuál va a ser su papel. Esta indefinición, que tiene algo de sano escepticismo, contrasta ciertamente con lo vivido en anteriores experiencias del equipo nacional en Mundiales y Eurocopas, cuando España se bajaba del avión en un ambiente de optimismo cercano a la euforia, cargada de las mejores expectativas y dispuesta a romper la banca por primera vez en su historia. Esta vez es distinto. Salvo algunos irreductibles y Manolo el del Bombo, que es uno más en la expedición española, nadie se atreve a lanzar las campanas al vuelo. Del «se van a enterar» se ha pasado al «ya veremos», y la mayoría de los aficionados y de enviados especiales opta por escudarse detrás de esa barrera de precaución que los futbolistas han sido los primeros en patentar y sacan a relucir en cada una de sus declaraciones públicas cuando recuerdan la necesidad de ser realistas y de ir «partido a partido».
Nadie recuerda una incertidumbre nacional semejante ante los resultados de un escáner. Ocurrió en la noche del miércoles. Avanzaban las horas y el país entero se preguntaba: ¿qué tal está el pie del chico? En torno al empeine derecho de Wayne Rooney, de 20 años, se reunieron tres médicos, su agente, dos abogados y unos cuantos federativos. Fuera, esperaba toda la nación anhelante y un avión privado.
El fundamental duelo que enfrenta esta noche a Ecuador y Polonia en el majestuoso Arena AufSchalke de Gelsenkirchen, calificado por la UEFA como el mejor estadio del mundo, se escenifica a lo pobre, cada fin de semana, en los emotivos partidillos de confraternización que organizan los esforzados inmigrantes a lo largo de la geografía española. Y no son jornaleros del balón, precisamente.
 
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