Son ejemplares perfectos de sabinas, primas cercanas del ciprés, miles de árboles de copa densa y madera compacta que, aun ocupando una gran extensión de terreno, sólo son actualmente el recuerdo de los vastos bosques que cubrieron estas zonas del Noroeste. La sabina, fíjese bien, es un árbol recogido, limpio, que siempre parece recién podado. Por eso impresiona llegar a El Sabinar -ya habrá supuesto de dónde le viene el nombre- y encontrarse con un bosque que más parece un jardín japonés cuidado a diario. Sólo faltan los enanos de porcelana. Verá que cada árbol está en su sitio, ofreciendo una sombra perfecta en un entorno fresco y limpio donde ni siquiera en pleno mes de julio agobia el calor. Para disfrutar de este paisaje formidable hay que pasar El Sabinar y seguir por la carretera que conduce a Nerpio. Enseguida llegaremos a un cruce, donde por la izquierda se llega a Calar de la Santa. Más o menos aquí comienza la mejor extensión de sabinas. Así que aparque el coche a un lado de la carretera, donde no estorbe, y dedíquese a andurrear entre los árboles. Si el paseo se le queda pequeño, recuerde que el jardín tiene continuidad pasadas las últimas casas de Calar de la Santa, a lo largo de las suaves lomas que abrazan el cauce del arroyo Blanco. Y cuando se canse, túmbese bajo un ejemplar de buen porte: comprobará que, como la sombra de la sabina, ninguna.