Senegal se ha convertido en un astillero. Los que se ganaban la vida con el negocio de la pesca se la ganan ahora fabricando embarcaciones artesanales donde otros la pierden. Una flotilla que flota de milagro compuesta por más de 12.000 cayucos. Una armada inerme imposible de derrotar rumbo a la digestión. Por eso hacen el peligroso viaje: para poder hacerla habitualmente. Los armadores son los capos de la mafia de la inmigración clandestina y le cobran a cada pasajero 600 euros por el azaroso trayecto.