Verano de 2004. Los rumores apuntan que Rocío Jurado sufre un cáncer. La cantante ingresa en el hospital madrileño Montepríncipe, donde es sometida a dos operaciones. La segunda, el 3 de agosto, dura once horas. Está muy grave. «No pienso pronunciar la palabra maldita», dice a los periodistas su hermano, Amador Mohedano. Será Rocío quien rompa ese tabú mes y medio más tarde. Convoca a la prensa en su casa, reconoce que padece un cáncer en el abdomen. «No soy una mujer vencida», proclama.
Los viajes a la clínica Anderson de Houston son continuos, como lo son los altibajos en su salud. En diciembre pasado reaparece en una gala-homenaje de tres horas, en TVE. Ha perdido mucho peso. De su voz queda sólo el recuerdo, pero emociona como siempre. Será su última actuación. Vuelve a EE UU y regresa a España el 21 de marzo. Aún puede vérsele una vez más, dentro del coche, en una de sus idas y venidas al hospital. Sonriente y rodeada de periodistas, como en los buenos tiempos.