Vienen de África, huyen del hambre, de las guerras, de las pandemias, de la muerte, de sus gobiernos; y buscan refugio, vida, allí donde creen que habita la esperanza. Les llaman ilegales, como si el deseo de vivir fuera un delito, o sin papeles, y es que todos vienen sin remite, sin origen confesable, para evitar su devolución a ese lugar del que huyen. Y aunque los imagino orgullosos de su tierra, se declaran apátridas, en su búsqueda de otro mundo como refugio.
Ahora es Canarias el lugar donde terminan esas autopistas de mar. Las playas y puertos de Tenerife, de Las Palmas, o de cualquier otra isla, son los destinos de cientos y cientos de inmigrantes ilegales. Las autoridades locales han lanzado la voz de alarma, y han llamado de forma desesperada al Gobierno, al Rey, a Europa. Ya dicen que nueve países de la UE van a cooperar; no sé si entre todos pondrán puertas al mar, o bastará con el cartel de completo en Europa, para frenar el éxodo africano. Además, se está negociando con aquellos considerados hasta ahora países exportadores o intermediarios del tráfico de seres humanos.
Pero será en julio, y en Rabat, donde se celebre la Cumbre Euroafricana sobre migraciones. Dicen que para solucionar el presente y el futuro de esos miles y miles de personas que condenados de por vida por esos mismos gobiernos, se ven obligados a huir del hambre, de las enfermedades, de las injusticias, hipotecando sus vidas y las de sus familias en un pasaje sin destino asegurado. Y mientras llegan a la cumbre, unos cuantos gobiernos africanos ya han pactado las tarifas, le han puesto precio a cada ilegal que España les devuelva. A ese tráfico de seres humanos, de ida y vuelta, le han llamado Acuerdo migratorio.