Más de tres años después del uso de la fuerza contra el régimen de Sadam Hussein, George W. Bush y Tony Blair se vieron obligados una vez más -durante una rueda de prensa conjunta en la Casa Blanca- a justificar su decisión de invadir Irak aunque sólo fuera por el reciente triunfo tangible y esperanzador de un Gobierno democrático en el corazón del mundo árabe. Un optimismo que contrasta con el reconocimiento de que en estos momentos no es posible decidir una reducción a corto plazo de las 140.000 tropas anglo-americanas desplegadas en Irak.