Anda la estudiantina del último curso, de Bachillerato, cerrando la carpeta de los deberes, de la última evaluación, a troche y moche, como si se tratara de la llegada al Olimpo, o a la Tierra Prometida, entre las cantinelas propias de los apretones de codos propios que los tiene que poner en predisposición de pasar a una mejor vida ¿mejor? Bueno, es un decir, porque la historia interminable no deja de cesar y tras una racha, viene otra y otra, y así hasta que el cuerpo aguante. El otro día, sin ir más lejos decía un hijo mío que estaba hasta harto de tanto examen seguido, que tenía unas ganas de llegar al final de curso y darle un puñetazo -claro, me imagino que de forma figurativa- a tanta sabiduría y así desahogarse porque la cosa se le estaba atragantando su ilusión llegar a una meta, como tantos, para seguir, luego luchando en esa llegada que te miden la décima y la centésima, te ponen los nervios a flor de piel y te dejan o no en esos estudios que quiere uno seguir en la Universidad.
Sin embargo todavía queda un mes para la selectividad y no vamos a entrar en ello, tiempo habrá si Dios quiere, y dar algunos toques a estas últimas semanas de los bachilleres que tienen la losa encima, antes de llegar a una graduación que significará haber pasado por toda una ESO debilucha y desorganizada donde se desperdicia mucho tiempo y muchos momentos buenos de aprendizaje, para en dos años, tiempo por cierto muy corto, donde hay que meter como en un embudo toda la ciencia innata de los saberes, con una aceleración muy fácilmente observable en el último año. No creo que esta pedagogía de meter en el saco y con aspavientos los temas y conceptos básicos que se pueden ir dando en muchos años sea una solución de provecho. Me da pena, por ejemplo, como ahora si nos ponemos con cualquier asignatura veremos que de pasada se dan las cosas, pero de fondo queda poco. Hay anécdotas que no voy a contar aquí pero que te ponen los pelos de punta, la bajada de los niveles de lectura, por ejemplo, ha contribuido a que no se sepa entrar en el fondo de los problemas y nos quedemos en la cascaruja
¿Y quien tiene la culpa de todo este embrollo? Por un lado una estructura, no digo ideología, ni el sistema, sino un mal encadenamiento de qué enseñar, que unido a un cúmulo de circunstancias propiciadas en los grupos de aprendizaje desde el alumno desmotivado y que tiene que estar a la fuerza consumiendo el tiempo y el espacio en aulas de forma aburrida, pasando por la falta de alternativas reales y auténticas que hagan que los profesores enseñen a aquellos que quieran aprender y que lo vean como algo necesario e importante. Es triste reconocer que la cosa no funciona, pero que unos por otros la casa sin barrer, está haciendo un daño terrible a la educación, desde dentro, y se proyecta fuera, dando grandes dosis de insatisfacción a profesores, alumnos, familias y a una sociedad que cada día sigue la bola como si tal cosa y no afronta los problemas desde la causa.
Nuestros queridos bachilleres, como los de antes, sufren en sus noches de vigilia el final de un apretón anunciado que les llevará a esa graduación soñada, donde pasarán ese primer paso para seguir dándole y dándole a ver qué pasa con la selectividad que se ha convertido en un auténtico interrogante, un problema sin resolver que les lleva todo el año de cabeza en busca no de la sabiduría perdida, sino de esa nota que les habrá la puerta de su deseo soñado, para seguir hincando codos, mientras otros seguirán riéndose de la vida, sin apretarse la mente, ni dejarse los ojos debajo del flexo; ahora sí, su interés será buscar el arca perdida, el becerro de oro que ¿tanto se lleva y que tanto se revaloriza! ¿qué lástima que el peso del saber y de la formación esté en auténtico declive!